“Dar a cada uno lo suyo”, “No hagas a los demás lo que no quisieras que te hagan a ti”, “Pienso, luego existo”, “Ama y haz lo que quieras”. Frases realmente geniales que todo el mundo reconoce como tales y a las que podemos añadir algunas más que gozan de total aceptación por parte de los seres racionales que, suponemos, somos todos nosotros. Aunque el análisis riguroso de los temas es siempre aconsejable, frases como las que recuerdo son admirables síntesis que ayudan a adquirir cierta sabiduría. Muchos refranes populares tienen la misma característica de ahorrarnos sesudas reflexiones. “Dime con quién andas y te diré quién eres”, “El que mucho abarca, poco aprieta”, “Más vale pájaro en mano que ciento volando”

¿Será posible encontrar otras que lleguen a ocupar un lugar de privilegio y que sean dignas de quedarse para siempre en la memoria de los humanos? Trato de exponerme ante el desafío, proponiendo alguna frase que pudiera también agradar a las mentes despiertas y creativas de mis lectores que al igual que yo habrán tenido ocurrencias dignas de consignarse en papeles escritos. No considero que sean geniales, sino solamente candidatas a constituirse en expresiones sensatas de la humana convivencia. He aquí mi candidata de hoy que expongo al escrutinio general: “La ética consiste en las terminaciones y la estética en las admiraciones”. La frase no está fundada en ninguna intuición extraterrestre, sino solamente en la reflexión natural de lo que son estas dos disciplinas filosóficas llamadas ética y estética, ciencias que han ocupado parte importante de mi vida académica. La frase que propongo no es por supuesto de mi invención, sino solamente resultado de una traducción a lenguaje inteligible de una sabiduría de siglos.

Como todos sabemos, la ética es la parte de la filosofía que no consiste solo en enunciar buenos principios, sino en realizar tareas correctas, por eso Aristóteles la llamó filosofía práctica. Consiste en el ejercicio constante de las llamadas virtudes grandes y pequeñas, que solamente serán tales cuando lleguen a practicarse en plenitud, es decir que lleguen a buen término. Es muy común observar que el mundo está lleno de buenos propósitos y de prácticas deficientes. O sea, muchos comienzan, pero pocos terminan practicando el bien, haciendo las cosas bien y siendo realmente buenos. A eso le llamamos “producto bien terminado” en jerga comercial, éxito vital en términos psicológicos o santidad en términos morales. Un hombre bueno es eso, una persona bien terminada, perfecta, santa.

En materia de estética, que significa simplemente belleza, la cosa es algo más sutil y escurridiza, pero igualmente podemos todos convenir que ante un objeto destacable – o sea digno de ser destacado- , una persona, un acontecimiento o un rincón extraordinario de la naturaleza, la admiración y el gozo surgen espontáneos. Es decir, ante lo bello se despierta en nosotros el deseo de contemplación, de éxtasis, de agrado. Tomás de Aquino lo dijo con una de esas frases geniales: “Pulchrum est quod visu placet”. Es bello lo que complace a quien lo contempla.

Si les parece bien a mis queridos lectores, propongo que estas dos frases se presenten como candidatas a la posteridad. Insisto en que no son mías, porque ya las habían pensado antes que yo todos los que me enseñaron a mí con sabiduría igualmente heredada en el tiempo.

Simplemente propongo elevarlas a categoría superior. A mí, al menos me parecen correctas, pedagógicas y fáciles de memorizar. Me atrevería a ponerlas en latín para darles una pátina de antigüedad: Moralitas in perfectione, pulchritudo in admiratione. De momento no he pensado en registrarla como invención privada, ya que sería una apropiación indebida de ajena sabiduría. Ahí la dejo por si alguien se interesa por ascenderla de categoría o adoptarla en su lenguaje cotidiano.

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