

Ayer vino una debilidad – Franz Kafka
Ayer vino una debilidad a mi casa. Vive en la casa de al lado, con frecuencia la he visto desaparecer agachándose por la puerta. Una gran dama con un vestido largo y ondulante, tocada con un sombrero ancho adornado de plumas. Llegó con prisas, atravesando susurrante la puerta, como un médico que teme haber llegado demasiado tarde a visitar a un enfermo que se apaga.
-¡Anton! -exclamó con voz profunda, aunque jactanciosa-, ya llego, ya estoy aquí. Se dejó caer en el sillón que le señalé. -Vives muy alto, muy alto -dijo suspirando.
Hundido en mi butaca, asentí. Innumerables, uno detrás de otro, saltaron ante mi vista los peldaños de la escalera que conduce a mi habitación, pequeñas olas incansables.
-¿Por qué hace tanto frío? -preguntó, y se quitó los viejos y largos guantes de esgrima, a continuación los arrojó sobre la mesa y me miró con la cabeza inclinada, parpadeando.
Me parecía como si yo fuera un gorrión que ejercitara en la escalera mis saltos y ella descompusiera mi suave plumaje gris.
-Siento con toda el alma que me anheles tanto. Sumida en la tristeza, he visto tu rostro con frecuencia, consumido de pena, cuando estabas en el patio y mirabas hacia mi ventana. Bueno, no me caes mal y aún no tienes mi corazón, así que puedes conquistarlo.
El Zorro de la cola cortada – Jean de La Fontaine
Un Zorro machucho y de los más ladinos, gran destripador de pollos, gran cazador de conejos, cayó por fin en una trampa; y aun tuvo suerte, porque, al fin y al cabo, escapó de ella, dejando allí la cola. Habiéndose salvado, pues, deseando, para ocultar su vergüenza, ver desrabados a todos sus semejantes, un día que los Zorros celebraban consejo:
—De qué nos sirve, dijo, este peso inútil que llevamos arrastrando por los senderos fangosos? ¿Para qué queremos la cola? Hay que cortarla. Si me creen, háganlo.
—Bueno es el consejo –dijo uno de los de la junta–, pero haz el favor de volverte, y se te contestará.
Y al decir esto, estalló tal rechifla y algazara, que el pobre rabón no pudo dejarse oír. Inútil era proseguir. La moda de la cola continuó, y aún dura.