Desde hace cientos de años, en el mundo occidental se ha tenido noticia reiterada de que en el lejano Oriente unos hombres llamados faquires parecían estar dotados de manera incomprensible del poder de dominar con la voluntad buena parte de lo que tradicionalmente se ha llamado, en los textos de anatomía que se usan en las facultades de medicina de todas nuestras universidades, el “sistema nervioso autónomo”, autónomo justamente de los dictámenes de la voluntad.

Un hombre normal puede mover un brazo o una pierna según su deseo, pero le es imposible controlar, en la misma forma, su presión arterial o los latidos de su corazón: esto es lo que se creía hasta ahora.

Hoy una de las innovaciones más interesantes en la ciencia médica consiste en una técnica llamada “bio-realimentación” (biofeedback) mediante la cual se puede aprender a baja o subir la presión arterial, a cambiar la frecuencia de los latidos cardíacos, y aun a modificar los ritmos cerebrales, sobre todo lo cual existe ya un número de experimentaciones suficientes para que se pueda afirmar que se trata de una realidad indiscutible.

El “sistema nervioso autónomo” ya no es autónomo, y nunca lo había sido para esos extraños ascetas hindúes que jamás merecieron a lo largo de tanto tiempo ninguna consideración científica especial y cuyas misteriosas facultades, que parecían imposibles o sobrehumanas, se ha demostrado que, mediante el entrenamiento debido, se encuentran al alcance de cualquier hombre normal.

El mismo cerebro que por medio de la “bio-realimentación” puede aprender a realizar tales prodigios, ¿no podrá aprender a ser más inteligente?

La Revolución de la Inteligencia – Luis A. Machado

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