

Cuando muere un hermano – Josefina Acevedo Cuevas (1)
Cuando muere un hermano, se nos escapa la infancia irremediablemente…aparece en el espejo del tiempo el sinfín de juegos imaginados en el espacio novedoso y mágico que nos hizo recorrer los caminos más impensados y nos llevó a viajar con personajes que fortalecieron los sueños y aligeraron el alma.
Cuando muere un hermano, se nos hace trizas el corazón y las lágrimas que caen por nuestras mejillas van bañando los recuerdos que acunamos junto a la madre cariñosa, al padre protector y a los hermanos que compartieron nuestros juegos.
Cuando muere un hermano, desfilan ante nuestros ojos todos los paisajes que contemplamos juntos…donde mirando el cielo inmenso pensábamos que podíamos volar al infinito y ser capaces de coger una estrella…y desfilaban con nosotros todos los equipajes que llevábamos al colegio donde guardábamos tantos secretos que compartimos en la búsqueda de derroteros desconocidos…juntos, podíamos descubrir el misterio de tantas incógnitas que aparecían en nuestro vuelo y así podíamos despejar el horizonte de las tormentas y de los dolores.
¡Cómo no recordar los juguetes que poblaron nuestra infancia! …y las veces que nos sentimos como gigantes para subirnos al elevado árbol que había en nuestro jardín…
¡Cómo no recordar las avecillas que llegaban a buscar el grano al patio de la casa o quizás el olor fragante del pan caliente recién salido del horno, amasado por las manos mágicas de mamá…juntos nos deleitábamos yendo a los nidos a buscar huevitos frescos y también viendo salir del cascarón los pollitos y patitos…en fin, hay tantos momentos que hicieron que nuestro baúl de los recuerdos fuera llenándose de instantes encantados! (Continuará)