Los ancianos contaban sus historias

   Los ancianos se juntaban en el ákar cuando había mal tiempo y contaban sus historias junto al fuego. Así escuché del wátuwa que se transformó en piedra.    

   Era grande como cualquier yagán, pero le llamaban gigante porque tenía mucho poder.

   Cuando los paisanos se acercaban con sus canoas a cabo Webley, donde vivía, se metía en el agua y los correteaba, hasta que otro wátuwa, que ahora es un pajarito muy pequeño, el picaflor, decidió matarlo. Un día se escondió cerca de su rancho y le lanzó una flecha muy puntuda. El gigante, herido de muerte, bajó de la barranca y se lanzó a nadar; pero esta vez se convirtió en una enorme roca donde mucho tiempo después chocó el velero Brunell.

   También hubo una piedra que se convirtió en gigante. Una chica yagana llevaba siempre en sus brazos una piedra larga que parecía una muñeca y la movía como si fuera su hijo. No se dio cuenta cuando comenzó a convertirse en guagua y con los dientes que ya tenía le mordió la teta a la muchacha. “¡Tíralo al agua!”, le gritaron, y ella lo arrojó.

   Partieron a otro lugar y armaron otro rancho, pero allá llegó esa criatura salida de la piedra a buscar a la niña, porque era su madre. Intentaban apartarlos, pero él sólo quería estar al lado de ella. Creció, se hizo hombre, y siempre la siguió como un verdadero hijo.

   Tenía poder, como el de Webley, pero además mataba. Vivía en Lum, cerca de Santa Rosa, atrapando pájaros, correteando las canoas y cazando animales para todas las mujeres. Le gustaba ofrecerles dihueñes, pero no los sacaba de sus ramas; arrancaba el árbol con su raíz y lo llevaba al lado del rancho para que ellas comieran cuando quisieran.

Fuente: Rosa Yagán El último eslabón

Scroll al inicio