

Fiesta de Thaipusam.
La fiesta de Thaipusam es uno de los rituales más curiosos del hinduismo. Los creyentes jóvenes que han hecho el voto se perforan las mejillas y la lengua, se clavan ganchos en la piel y agujas en el cuerpo y bailan como en trance por las calles. Pero no les sale ni una gota de sangre porque se untan con ceniza sagrada.
Cuando en Thai, el décimo mes del calendario hindú, la estrella Pusam está en el cielo durante la luna llena, los creyentes hindúes celebran una de sus mayores fiestas, cuyos orígenes se remontan a 2.000 años atrás: Thaipusam se celebra en honor de uno de los hijos de los dioses superiores Shiva y Parvati. Es el dios Muruga, el colmador de deseos, que tiene seis cabezas. Todo aquél que rece a Muruga y le pida favores en la fiesta de Thaipusam tiene que hacer un juramento y darle en ofrenda su dolor, junto con miel, leche y flores.
Durante la noche, los creyentes se reúnen en el patio del templo de Sri Srinivasa Perumal, en el barrio indio de Singapur, que es donde la fiesta se celebra con más suntuosidad. Los participantes, acompañados por sus familiares, se preparan para la marcha, destinada a propiciar el ánimo clemente del dios Muruga.
Son los faquires y los yoguis los que preparan a los que tienen que emprender la marcha, clavándoles docenas de pequeños ganchos en la espalda y el pecho. No hay duda de que hacen falta virtudes como la valentía, el aguante y la resistencia al dolor. Cada uno vuelve la mirada hacia sí mismo, con los ojos casi cerrados. Los jóvenes hindúes han ayunado durante seis semanas y se han preparado para cumplir con la promesa a su dios. De los ganchos que tienen clavados en la piel se les cuelgan ahora naranjas y limones. A continuación, viene la perforación de las mejillas, después de que un hombre santo las haya frotado con ceniza sagrada. La música suena hace un calor espantoso, tambores y flautas arrullan con su sonido a los devotos hasta que los ojos se les retuercen; entonces, de una vez, les clavan un pincho, que puede alcanzar el diámetro del dedo gordo, que les atraviesa las dos mejillas. Sorprendentemente, no corre ni una gota de sangre. El faquir estira entonces de la lengua del joven y la perfora con otro pincho, de forma que se crucen. Sigue sin salir sangre. El joven abre los ojos y se coloca bien los pinchos. No parece sentir dolor alguno. Unos ayudantes le echan agua poco a poco en la boca, que permanecerá abierta hasta la mañana siguiente.
Enigmas de la Humanidad – H. Genzmer / U. Hellenbrand