

La cena es a las seis de la tarde y las visitas deben abandonar el hospital antes de esta hora. Poco antes de las seis, dejan los carritos de la comida en los pasillos. Los pacientes cogen una bandeja y cenan en su habitación. Hay quienes se sirven té, en tazas o termos, de la tetera de la sala de estar. Aki va a aprovechar la confusión del momento para huir.
Después de visitar a Aki, salgo del hospital y la espero en el primer piso de la cafetería de enfrente. Aki no tarda en cruzar el vestíbulo de la entrada principal, confundida con los visitantes que regresan a sus casas. Se ha echado una chaqueta sobre los hombros encima del pijama y, en la cabeza, lleva el gorrito de lana de siempre. Salgo de la cafetería y paro un taxi que pasa por allí en aquel preciso instante. Le doy la dirección al taxista, que nos mira con recelo.
—¿Ha ido bien? —He fingido que iba a llamar por teléfono y me he ido. —¿Y cómo te encuentras? —No estoy en mi mejor momento, pero bien.
Había dejado el equipaje en las taquillas de la estación. Una maleta grande y dos más pequeñas para subir a bordo. También había una bolsa de papel con una muda para Aki. Como no me había cabido todo en una sola taquilla, lo había metido en dos. Al sacarlo, formaban un equipaje de un volumen considerable.
—Primero, quítate eso —dije mirando a Aki, todavía en pijama—. Aquí dentro tienes un poco de todo, cámbiate. —¿Has cogido mi ropa, Saku-chan? —Me llevé una blusa y una camiseta de tu habitación. También hay unos tejanos y una cazadora míos. Aunque quizá te vayan un poco grandes.
Poco después, Aki salió de los lavabos completamente vestida. —No te queda mal —dije. —Huele a ti, Saku-chan —dijo acercándose la manga de la cazadora a la nariz. —Puede que tengas un poco de frío, ten paciencia hasta que subamos al tren. Piensa que en Australia están a principios de verano.
Ya había adquirido los billetes. Aun después de haberlos pasado por la máquina y de haber entrado en la zona de los andenes, me sentí terriblemente inquieto hasta que llegó el tren. Tenía la sensación de que los padres de Aki iban a aparecer, corriendo, de un momento a otro. Ya dentro del tren, cuando tomamos asiento en un par de plazas libres, me sentí como si hubiera realizado un trabajo ímprobo. —Es como si estuviera soñando.
Saqué de la caja el pastel que le había comprado mientras esperaba a que saliera del hospital. Aunque pequeña, era una tarta decorada. —¿Es para mí? —También tengo las velas. La gorda vale por diez.
Deposité el pastel sobre sus rodillas y puse las velitas correspondientes a los diecisiete años. La más gruesa, en el centro. Las otras siete, a su alrededor.