

Aquel otoño, la hija del quemador de cadáveres acababa de llegar a la edad de la pubertad. Ante el anuncio del acontecimiento, su padre se apresuró a cumplir la más sagrada misión encomendada a un padre indio: encontrarle un esposo. A decir verdad, los padres de Ananda pensaban en su boda desde su nacimiento. Con ese fin, su madre la había iniciado en todas las tareas domésticas, incluso las más penosas. Para ella no hubo ni juegos ni escuela, sino, únicamente, la vigilancia de sus hermanos, los trabajos del fregado y de la colada y, naturalmente, la recuperación de las joyas y de la madera en el Ganges.
Varios caballeros llegaron en seguida a casa del Dom Rajá para mantener con él misteriosos conciliábulos. «Mi madre —dice Ananda— confirmó mis sospechas. Aquellos visitantes eran los enviados de la familia del marido al que me destinaba mi padre. Venían a discutir las condiciones financieras de mi matrimonio. Entre nosotros, en la India, esas conversaciones son arduas e interminables. Yo no conseguía oír lo que se decía bajo el gran ventilador de palas de la habitación en que mi padre y sus interlocutores se encerraban. Los tratos no debían de ser fáciles. Los frecuentes gritos traspasaban de vez en cuando las paredes».
Catorce días antes de sus esponsales, cuando su padre hacía legar a su futura familia política los regalos de la dote, cuando unos obreros ya estaban construyendo el dosel de bambú revestido de muselina que iba a abrigar la ceremonia, la muchacha advirtió en su mejilla, justo al lado del anillo de oro incrustado en la aleta de su nariz, una mancha clara ligeramente saliente, del tamaño de un garbanzo. Ella palpó el sitio con la punta de un dedo y descubrió con asombro que aquel punto era insensible al tacto. Ni la presión de la uña ni el pinchazo de un alfiler producían la más mínima sensación en aquel rincón de su rostro. Era como si la vida hubiese desertado de aquel espacio de su carne.
Sin embargo, «la pequeña carroñera del Ganges» no sintió ninguna aprensión. Estaba acostumbrada. Desde que pasaba la mitad de su existencia en sus aguas pútridas, el gran río purificador no había tenido miramientos con su epidermis. Los granos, las pústulas y los furúnculos hinchaban permanentemente alguna parte de su cuerpo. Pero su asombrosa resistencia siempre había salido triunfante de esas agresiones. Desaparecían en dos o tres días.
Como esta insólita mancha insensible al tacto persistía más tiempo del acostumbrado, Ananda se la enseñó a su madre. Ésta la envió en busca de un quack, uno de esos curanderos de la calle cuyas decocciones y ungüentos de plantas pretenden sanar los males más rebeldes. El viejo indio examinó la mejilla de la jovencita. —No existe ninguna pomada para esta enfermedad —murmuró—. Es la lepra.