

El bronce y la dignidad – 1968
Norman, Smith y Carlos
Los medallistas de los 200 metros en los JJ.OO. de México. Carlos era el favorito, pero quedó tercero. Lo importante para él fue lo que sucedió en el podio.
Los Juegos Olímpicos de 1968 se celebraron en México D. F. y estuvieron llenos de historias inolvidables. Muchas tuvieron que ver con los récords que se produjeron gracias a las extraordinarias condiciones de altitud y temperatura de la capital mexicana. Nadie de los que estuvieron allí ha olvidado aquellas dos semanas. Bob Beamon logró sus memorables 8 metros y 90 centímetros en salto de longitud. En el mismo estadio, Dick Fosbury mostró un nuevo estilo de salto de altura que cambió su disciplina para siempre. En algunos deportes, durante unos pocos días de competición se avanzaron varias décadas.
Otros momentos históricos tuvieron que ver con la época en que se produjeron. 1968, más que un año, es una especie de icono para mucha gente. El mundo cambiaba rápidamente y una generación, tanto en Estados Unidos como en Europa, había decidido vivir y pensar de manera muy distinta a la de sus padres. El deporte no fue una excepción a todo aquello y en México hubo varios ejemplos evidentes.
Unos cuantos deportistas de raza negra decidieron no acudir como signo de protesta por el racismo que ellos y sus familias sufrían cada día en las calles. Al otro lado del mapa político, Vera Caslavska, una extraordinaria gimnasta checoslovaca, ganó cuatro medallas de oro y aprovechó para protestar contra la invasión soviética de Praga, que unos meses antes había causado una durísima represión militar en su país y casi había costado la vida a su presidente, Alexander Dubcek. La vida de Caslavska nunca fue igual después de aquello.
De todas estas historias, una de ellas superó al resto en intensidad y repercusión mundial. Se produjo en la ceremonia de entrega de medallas de los 200 metros lisos y tuvo como protagonistas a dos estrellas estadounidenses de raza negra. Sus nombres eran Tommie Smith y John Carlos. Habían quedado en primer y tercer lugar, respectivamente, y aprovecharon su subida al podio para poner en escena un simple gesto que, en aquel momento, significaba mucho para dos hombres como ellos. Se pusieron un guante negro y alzaron el puño mientras agachaban la cabeza en el momento en que sonaba el himno de su país. Se trata de una de las imágenes más impactantes tanto de la historia del deporte como de los movimientos sociales de los años sesenta.
Aquella era la protesta de dos atletas negros contra una sociedad en la que el racismo era evidente en muchos campos. Arriesgaron mucho más de lo que puede parecer si se observa su gesto hoy. Ni las autoridades deportivas ni los medios de comunicación de 1968 se distinguían por ser especialmente progresistas. Más bien eran de esperar graves represalias, como efectivamente ocurrió. Por si fuera poco, en su país existía una violencia racial que a menudo se traducía en agresiones de los grupos blancos de ultraderecha contra todo lo que sonase a defensa de los derechos de la raza negra.
Fuente: Ahogados en la orilla