De haber preguntado a un europeo del Medioevo por la antigüedad de la Creación, casi con seguridad la respuesta hubiese provenido de lo que recordaba de la sucesión de generaciones bíblicas. Ni siquiera contaba con la opción de consultar las escrituras directamente, porque antes de la imprenta la posesión de una Biblia era un lujo que muy pocos se podían dar. Si tanto su memoria como su aritmética andaban bien aceitadas, hubiese dado una cifra en torno a los cinco mil años. En 1650, el arzobispo irlandés James Ussher, tras 20 años trabajando en su monumental Annales Veteris Testamenti, a prima mundi origine deducti (o «Anales del Viejo Testamento, derivados de los primeros orígenes del mundo»), aseveró con singular minuciosidad que el Universo había sido creado el 23 de octubre del año 4004 a. C. El propio Shakespeare pone en boca de uno de sus personajes que «el miserable mundo tiene casi seis mil años de edad». Lutero gustaba de redondear la cifra en 4000 a. C., y ni los grandes científicos de la época escaparon a las estimaciones testamentarias: Johannes Kepler concluyó que el gran día había ocurrido por allá por 3992 a.., y el mismísimo Isaac Newton hablaba del 4000 a. C.

    Desde el siglo XIX, los científicos hicieron gala de un despliegue de creatividad para enfrentarse al desafío de datar la existencia a través de métodos deductivos. Los ceros comenzaron a apilarse uno detrás del otro. Si bien las pistas disponibles regían para lo que había ocurrido en la Tierra y no necesariamente para el Universo entero, eran suficientes para reconocer que las generaciones de la Biblia eran un pestañazo. William Thomson, más conocido por su título posterior de Lord Kelvin y la escala de temperaturas que lleva su nombre, estimó la edad del planeta entre 20 y 400 millones de años (Ma), calculando el tiempo que le habría tomado al planeta enfriarse desde aquel infierno de roca fundida originario. En aquel entonces, Thomson ignoraba el calor que se sigue generando por el decaimiento radiactivo. Más adelante, estrechó su estimación a «más de 20 y menos de 40 Ma, y posiblemente mucho más cerca de 20 que de 40». En 1892, Simon Newcomb situó la cifra en 18 Ma, en base al tiempo que tomaría al Sol condensar a su tamaño actual desde una nube de gas y polvo (la fusión nuclear aún no hacía su estreno en el arsenal científico). Luego vinieron los 56 Ma que tomarían la fricción de las mareas en disminuir la velocidad de rotación hasta 24 horas (gentileza de George H. Darwin, hijo de Charles) y los 80 a 100 Ma que John Joly concluyó que le hubiese tomado a los océanos acumular aquella colosal cantidad de sal a partir de los ríos que en estos desembocan. Hay que reconocerle un punto a Joly: es tal la cantidad de sal de los océanos que se podría cubrir toda la superficie terrestre con una capa de 150 metros de espesor.

Fuente: Historia Universal Freak

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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