

El día de San Antonio de Padua, 13 de junio, el presidente decretó una amnistía para los presos comunes.
Antes de soltar al joven Ángel Santiago, el alcaide pidió que se lo trajeran. Vino con el desgaire y la belleza brutal de sus veinte años, la nariz altiva, un mechón de pelo caído sobre la mejilla izquierda, y se mantuvo de pie desafiando a la autoridad con la mirada. Los granizos del temporal golpeaban contra los vidrios tras las rejas y deshacían la gruesa capa de polvo acumulado.
Tras estudiarlo de una pestañeada, el alcaide bajó la vista sobre un juego interrumpido de ajedrez y se acarició largamente la barbilla, pensando cuál sería a esta altura la mejor movida.
—Así que te vas, chiquillo —dijo con un dejo de melancolía, sin dejar de mirar el tablero. En seguida levantó el rey y colocó pensativo la pequeña cruz de su corona en la abertura de sus dientes superiores.
Tenía puesto el abrigo, una bufanda de alpaca café, y muchas motas de caspa le pesaban en las cejas. —Así es, alcaide. Me tuve que tragar dos años adentro. —Seguro que no vas a decir que pasaron volando. —No pasaron volando, señor Santoro. —Pero algo de positivo tiene que haber tenido la experiencia. —Salgo con un par de proyectos interesantes. —¿Legales?
El chico jugó a darle leves pataditas a la mochila donde guardaba sus pocas pertenencias. Se apartó una legaña desde la cuenca de un ojo y sonrió irónico borrando con ese gesto la veracidad de su respuesta. —Totalmente legales. ¿Para qué me mandó a llamar, señor? —Dos cositas —dijo el funcionario, golpeándose con la figura del rey la nariz—. Yo estoy jugando con las blancas y me corresponde mover. ¿Cuál es el próximo paso para acelerar el jaque mate de las negras?
El joven miró con desprecio el tablero y se rascó displicente la punta de la nariz. —¿Cuál sería la segunda cosita, alcaide? El hombre repuso el rey en el cuadrilátero y sonrió con tan abrumadora tristeza que los labios se le hincharon como si estuviera a punto de llorar. —Tú sabes. —No sé.
El alcaide sonrió: —Tu proyecto es matarme. —Usted no tiene tanta importancia en mi vida como para que pueda decir que mi proyecto es matarlo. —Pero es uno de ellos. —No tenía para qué tirarme desnudo la primera noche a esa celda llena de bestias. Eso marca, alcaide. —Entonces, vas a matarme.
Ángel Santiago aguzó sus sentidos con el súbito temor de que alguien estuviera oyendo esa conversación y una respuesta suya atolondrada pusiera en peligro su libertad. Precavido, dijo: —No, señor Santoro. No lo voy a matar.