

Era lo que tenían los griegos, que miraban a los romanos así, como diciendo: «Yo ya sé de qué va el cuento y solo te permito gobernarme porque das pena». Y con los deportes, igual. Lo suyo era lo mejor, lo más exclusivo, lo más prístino. Y, oigan, como en todo, hay matices.
Sobre el deporte: antes de los griegos, haber…, pues hubo. En Egipto, en Mesopotamia, en el Extremo Oriente. También, claro, por Creta, que no vean lo bonitos que son sus mosaicos con toda esa gente musculada y haciendo cosas que hoy te venden a treinta euros la clase.
Pero es cierto que lo gordo, lo realmente gordo, se inventó en la Grecia arcaica. Si hasta hicieron no sé qué de unos Juegos, unos que aún se imitan.
En el comienzo no fue el verbo, sino las monedas. O las tierras, que era lo que de verdad valía entonces. O, mejor aún, los propietarios de las tierras, muchimillonarios con tiempo libre para aburrirse, hacer y deshacer. Vamos, peña sintiéndose «especial», pero que muy especial, muchísimo, mogollón, lo suficiente como para seguir cierta lógica: «Oye, soy tan especial que voy a montarme unas celebraciones donde solo participen quienes sean igual de especiales que yo. Y al resto los llamaré “bárbaros”, que hará referencia a los extranjeros, pero que en realidad significa “quien habla balbuceando”, o sea, quien no entiende mi idioma, o sea, los que no son como moi. Griegos, sí, griegos. Yo soy heleno, heleno, heleno… Yo soy heleno, heleno, heleno, lo, lo, lo». Y etcétera.
Es así como, en el año 776 antes de nuestra era (fíjense si hace), se celebraron los primeros Juegos Olímpicos, y, desde ese día, el calendario se mediría por olimpiadas, es decir, el período de cuatro años que iba de Juegos a Juegos. Allí competían ciudadanos de toda Grecia. Pero cuidado con confundirse con esto de «toda Grecia»… Por ejemplo, Alejandro de Macedonia —que no era ese Alejandro de Macedonia, hijo de Filipo, sino otro Alejandro de Macedonia, hijo de Amintas— quiso participar en unos Juegos y le pusieron problemas, porque los macedonios eran griegos, pero les trataban con displicencia, como griegos de segunda. Para sortear las trabas, Alejandro dijo que descendía del mismo Hércules, demostrando así que su árbol genealógico era griego de sobra. Ya ven: prejuicios. (Luego este Alejandro fue quien aconsejó a Jerjes lo de las barcas en el Helesponto, así que igual tampoco era tan griego, oigan.)
Digamos que el tinglao basculaba entre lo religioso y lo deportivo, e incluía celebraciones atléticas, sí, pero también peregrinaciones hasta el santuario de Zeus, en Olimpia, que se encontraba en la antigua Élide. Como aquello lindaba con Laconia pues estaba el lugar en continua disputa entre los de Pisa, los etolios y los espartanos. Pero, para no malmeter en período festivo, se declaraba inviolable Olimpia mientras durasen los Juegos. Es el origen de la tregua olímpica, que aún hoy persiste (aunque los malos no suelen respetarla, porque…, en fin, porque son malos).
Fuente: Príncipes y esclavos