

Los Juegos Olímpicos disputados en Helsinki (1952), estuvieron cargados de belleza y nostalgia. Esto es muy comprensible en una nación en la cual la práctica del deporte, o la simple actividad física, constituye una forma o filosofía de vida, donde siempre ha existido una elevadísima cultura deportiva. En Finlandia todo el mundo sabe de atletismo, natación, ski, gimnasia, esgrima o pesas, por citar sólo algunos de los deportes más conocidos. En este contexto se suponía que cada partícipe de estos Juegos Olímpicos estaba consciente del nivel cultural de los espectadores ante los cuales tendrían que “actuar”. En el plano artístico esto podría compararse al de un cantante que tuviera que demostrar su talento ante un público tan exigente como el de “La “Scala” de Milán o el “Metropolitan” de Nueva York bajo la batuta de Arturo Toscanini o Herbert von Karajan.
Ya desde el comienzo el Comité Olímpico de Finlandia impactó al mundo deportivo cuando los dos últimos portadores de la antorcha olímpica fueron nada menos que Hans Kolehmainen y Paavo Nurmi, dos figuras legendarias que en su trayectoria habían aportado a su país la friolera de 15 medallas. Pero en esta ocasión el héroe sería un checo, el inigualable Emil Zatopek, que después de lograr sendas victorias en los 5 y 10 mil metros, decide participar en la maratón, una distancia que era desconocida para él. Zatopek, la gran locomotora humana, como la prensa deportiva se deleitaba llamándolo, inició la competición de manera inteligente, sin ningún tipo de alardes en cuanto al resultado final. Los finlandeses tenían cierta esperanza en el veterano corredor Mikko Hietanen, de 41 años de edad, que no hacía mucho había establecido los records mundiales de 25 y 30 kilómetros. Sin embargo, las expectativas del país anfitrión se desvanecieron cuando Hietanen abandona la competición prematuramente. La prudencia de Zatopek lo llevó a correr observando el accionar de un verdadero especialista como lo era el inglés Jim Peters. Como nota anecdótica cabe expresar que antes de largarse la competición, el corredor checo, en señal de respeto hacia el británico, se acercó a él y se presentó personalmente. A los 15 kilómetros Peters se vio acompañado por Zatopek y por el sueco Gustav Jansson, pero a los pocos kilómetros el checo se vuelve hacia el británico y de la forma más inocente le pregunta: “¿es suficientemente rápido el ritmo de carrera?”. Este último le contesta haciéndose el fresco: “el ritmo es demasiado lento”.
Hay que mencionar que previamente a los Juegos Olímpicos Jim Peters participó en una competición de maratón con una gran victoria, pero que le restó posibilidades para el magno evento de Helsinki. Quizás por este motivo el británico empezó a sufrir calambres a partir del kilómetro 25 que lo obligaron a retirarse de la carrera. A partir de entonces Zatopek se vio acompañado sólo por el sueco Jansson, al que luego perdería de vista. El gran atleta se dio incluso el lujo de saludar de continuo al público que estaba al margen de la ruta como también a los distintos ciclistas que se “colaron” en la competición. Así entonces entra primero al estadio que lo estaba esperando con gran entusiasmo y con el grito acompasado de ¡Za – to – pek!, ¡Za – to – pek! El checo le da a su país la tercer medalla dorada.
Fuente: Ocho Libros Editores