Es innegable que formamos parte de una sociedad devorada por la lógica de la oferta y la demanda. Esto conlleva que seamos homo economicus, individuos productores y consumidores. Con demasiada frecuencia, la política funciona como sirvienta de los grandes poderes económicos. Desde hace años algunos deportes son fenómenos de masas y negocios globalizados. Un segmento del sistema deportivo se ha convertido en una industria y sus seguidores en homo consumens. Mientras que los informes sociológicos indican que muchos españoles desaprueban el carácter mercantilizado del deporte, sus servidumbres comerciales siguen creciendo. Es imparable la tendencia del deporte elitista y mediático a colonizar la imagen global del deporte. Esta concepción predominante del deporte-espectáculo impregna gradualmente nuestra cosmovisión. Uno de los peligros de esta hegemonía social es su impacto —en ocasiones tóxico— en todos los ámbitos de la actividad deportiva. Lamentablemente este subsistema deportivo deja entrever contravalores como la hipercompetitividad, el narcisismo, la banalidad, la fama o el lujo.

    Una encuesta realizada en 2015 por la Fundación Adecco a niñas y niños españoles de entre 4 y 16 años indica que el 20,7 % de los niños, de mayor, quiere ser futbolista. Entre los principales motivos de su preferencia están el dinero y el reconocimiento social. Esto significa que desean seguir los pasos de personajes como Cristiano Ronaldo. Después de un partido de la Champions League los periodistas le preguntaron a este futbolista portugués por qué el público lo silbaba. Su respuesta no tiene desperdicio: «Será porque soy guapo, rico y un gran futbolista, porque me tienen envidia. No tengo otra explicación». Aunque el 99,9 % de los niños y niñas que hacen deporte nunca llegarán a la cúspide, muchos de ellos siguen soñando en devenir pudientes estrellas que firman muchos autógrafos. Mientras los caramelos sean la única motivación para que un niño juegue al ajedrez, afirma MacIntyre, no tendrá ninguna razón para no hacer trampas, siempre que pueda realizarlas con éxito. De hecho, cada vez son más frecuentes las conductas antideportivas en las competiciones infantiles.

Fuente: Ética del deporte – Guillem Turro

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