Soy un espía, un agente infiltrado, un topo, un hombre con dos caras.   Previsiblemente, quizá, también tengo dos mentes. No digo que sea ningún mutante incomprendido salido de un cómic ni de una película de terror, aunque hay quien me ha tratado como si lo fuera. Simplemente soy capaz de ver cualquier cuestión desde ambos lados. A veces me digo en tono elogioso que esto es un don, y aunque es cierto que se trata de un don menor, también es quizá el único que poseo. En otras ocasiones, cuando reflexiono sobre el hecho de que no puedo evitar observar el mundo de esa forma, me pregunto si acaso esto que tengo debería llamarse don. A fin de cuentas, un don es algo que usas, no algo que te usa a ti. El don que no puedes dejar de usar, el que simplemente te posee, en realidad es un peligro, debo confesarlo. Pero durante el mes en que sitúo el inicio de esta confesión, mi forma de ver el mundo todavía parecía más una virtud que un peligro, que es lo que parecen de entrada todas las virtudes.

    El mes en cuestión era abril, el mes más cruel. Fue el mes en que una guerra que llevaba librándose mucho tiempo perdió sus extremidades, como sucede siempre con las guerras. Fue un mes que lo significó todo para la población de nuestro pequeño rincón del mundo y nada para la mayoría de la gente del resto del planeta. Fue un mes que supuso al mismo tiempo el final de una guerra y el principio de…, bueno, paz no es la palabra apropiada, ¿verdad que no, querido Comandante? Fue un mes durante el cual me dediqué a esperar el final tras los muros de la mansión donde había vivido los cinco años anteriores, unos muros engalanados con esquirlas de cristal marrón y coronados de alambre de púas oxidado. Yo tenía habitación propia en la mansión, igual que la tengo en este campo de internamiento, Comandante. Por supuesto, el término apropiado para designar mi habitación actual es celda de aislamiento, y en vez de una gobernanta que viene a limpiar todos los días, usted me ha suministrado un guardia con cara de niño que no limpia nunca. Pero no me quejo. La intimidad, y no la limpieza, es mi único requisito previo para escribir esta confesión.

    Aunque en la mansión del General tenía bastante intimidad por las noches, de día tenía poca. Yo era el único de los oficiales del General que vivía en su casa, el único soltero de sus subordinados y su ayudante de más confianza.   Por las mañanas, antes de que le hiciera de chófer del breve trayecto hasta su oficina, desayunábamos juntos, examinando despachos en una punta de la mesa de teca del comedor mientras su esposa supervisaba a un disciplinado cuarteto de hijos en la otra punta, de dieciocho, dieciséis, catorce y doce años, respectivamente, dejando un asiento vacío para la hija que estaba estudiando en América.  

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