

Tu alma por un refrigerador
Cuatro hombres destrozaron el portón de la parcela, habían observado con paciencia los movimientos del nuevo propietario. Ofreciendo su apoyo y amistad se dieron cuenta de lo que podían robar. Antón, el propietario, había retribuido ofreciendo trabajo y buenos tratos a la gente del lugar.
No sería el primero en caer en la trampa, otros vecinos ya habían sido desmantelados, los ladrones fueron pulcros, rápidos, nada de lo que pudieron echar mano se les escapó. Fue en esos días de pandemia, donde la gente se quedaba guardada por temor, en esta oportunidad, tal vez, por complicidad, eso pensó la víctima.
Antón llegó horas más tarde, observó que los ladrones habían dejado la cabaña con un sonido hueco de soledad.
Una denuncia infructuosa a la autoridad, le dicen – “Veremos qué podemos hacer”, “Conoce los nombres, tiene algún sospechoso”. Es el momento en el cual la víctima se siente culpable.
Temprano, al día siguiente, uno de los vecinos se presenta y le dice: “Buenos días vecino, así que le robaron”. Antón responde: “No te preocupes, lo material se recupera, pero yo tengo conexiones con lo oscuro, buscaré las almas de los que entraron a robar y de los que están cerca de ellos guardando silencio por los robos”. El hombre quedo mudo, intentando una explicación, sintió que el frio recorría su cuerpo, vio convicción en los ojos del hombre que profetizaba una persecución, balbuceo una despedida y se marchó.
Pasaron tres días y falleció el primer vecino, la voz del maleficio se había apoderado entre los lugareños. La pandemia y su ola de muerte ayudaron a justificar el miedo, que pronto se transformaría en terror. El día del entierro, Antón llegó al cementerio, depositó una flor negra, dando tres golpes sobre el cojón.
Días después, se sumaron otras cuatro muertes entre los parceleros, Antón practicó el mismo rito, tres golpes y la flor. Después de la quinta muerte, algunas de las especies robadas fueron lanzadas a su patio.
El hombre que preguntó sobre el robo, unos meses más tarde, quedó atrapado entre un camión y un acoplado mientras se llevaban otro botín. Igual recibió su flor negra y los tres golpes en su cajón.