La elección de Ciudad de México como sede de los Juegos Olímpicos de 1968, los primeros asignados a un país latinoamericano, generó muchas polémicas en razón a que nunca se habían celebrados en una localidad de altura; de hecho, el valle de México se encuentra ubicado a 2.259 metros sobre el nivel del mar.

    A muchos les pareció inconveniente la decisión del Comité Olímpico Internacional (COI), tanto por la salud de los atletas como para el logro de máximos rendimientos, el haber elegido a Ciudad de México como sede de los XIX Juegos Olímpicos de verano, lo que sí lo fue para las pruebas de competencia que demandaron esfuerzos continuos y prolongados de resistencia, pero no, para aquellos de explosividad y de corta duración. A raíz de la decisión adoptada en forma mayoritaria por los miembros del COI, en muchos países se desarrollaron investigaciones sobre el efecto de la altura en el rendimiento deportivo y, a la vez, establecer formas de entrenamiento que contribuyeran al logro de mejores mecanismos orgánicos adaptativos para el rendimiento en Ciudad de México. Esto dio lugar a que se implementaran en muchos países centros de entrenamiento en localidades de altura ubicados sobre los 1.800 m sobre el nivel del mar y por debajo de los 2.500, entre otros, Sierra Nevada a 2.320 m en Granada, España; Mammoth Lakes en California y Flagstaff en Arizona, USA; Livigno en Italia; Cuenca en Ecuador; Ciudad de México en México; Bogotá en Colombia; Farellones, Calama y El Salvador en Chile, todos ellos destinados preferentemente a especialistas deportivos en pruebas de resistencia.

    Lo pronosticado por los diferentes equipos de investigadores sobre el efecto de la altura en el rendimiento deportivo, integrados principalmente por fisiólogos, biomecánicos y entrenadores se vio corroborado en los Juegos de Ciudad de México. De hecho, los rendimientos en las clásicas pruebas de resistencia del atletismo como lo son los cinco mil y diez mil metros planos y la carrera del maratón estuvieron muy distantes de los récords vigentes y los mejores tiempos registrados por los mismos atletas en competencias a nivel del mar o de muy baja altitud. Lo contrario ocurrió con los rendimientos atléticos de explosividad y de corta duración como lo son las carreras de velocidad y los saltos en general.

    Lo anterior fue constatado por una parte por los especialistas en pruebas de fondo, donde se impusieron los atletas de países africanos que nacieron y residen en lugares de altura, por sobre corredores de mejores registros procedentes de ciudades ubicadas a baja altura sobre el nivel mar; en 5.000 m Mohamed Gammoudi de Túnez con 14.05.0 minutos; en 10.000 m Naftali Temu de Kenya con 29.27.4 minutos y en maratón Mamo Wolde de Etiopía con 2.20.26.4 horas, siendo el gran derrotado en 10.000 m el favorito, Ron Clarke de Australia.

    Por otra parte, el velocista Jim Hines de USA al cronometrar 9,9 segundos en los 100 m planos fue el primero en rebajar la barrera de los 10 segundos en el hectómetro de carrera, en esta oportunidad y por primera vez corriendo en una pista de resina sintética de marca Tartán. Los saltadores de distancia tanto en largo como en triple establecieron récords mundiales, siendo el más sorprendente el de Bob Beamon de USA quien, en su primer intento en la final del salto largo registró 8,90 m cuando en récord mundial vigente de la prueba era de 8,35 m, es decir, superó la marca anterior por 55 cm. En la final de salto triple, se batió en varias oportunidades y por distintos atletas el récord mundial vigente de 17,03 m perteneciente a Joseph Schmidt de Polonia, superándolo primero Guisepi Gentile de Italia y después Nelson Prudencia de Brasil, llevándolo finalmente Viktor Sanejev de URSS a 17,39 metros.

 

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