Esos resaltos de cemento que yacen en nuestras calles y que proliferan en forma imparable empiezan a molestar. Las ambulancias andan a saltos con sus pacientes, los bomberos a frenazos con sus depósitos de agua y los carabineros con innumerables vallas para seguir a los asaltantes. Los autobuses duplican el tiempo de recorrido. Ni la IA (Inteligencia artificial) me ha podido responder cual es el número de estos en la ciudad donde vivo. Hay cada día más protestas con cartas al director y comentarios en los medios sobre su porfiada existencia, persistencia, multiplicación y envejecimiento de muchos de ellos que ahora parecen más bien baches al revés. ¡Qué manera de gastar inútilmente cemento, goma, plástico y pintura! Con el dinero escaso de nuestros impuestos.

    Mi automóvil que ya pasó la adolescencia y llega a una juventud de 18 años debe tener contabilizadas miles y miles de pasadas arqueadas y estar ya con signos de fatiga y abatimiento en sus resortes. Afortunadamente, los japoneses que los construyeron dejaron bien apretados todos los tornillos y hasta el momento no se afloja ninguno. Lo que no quita que mi querido Mitsu tenga todo el derecho a gritarme. ¡Hasta cuando!

    Dicen que hay que colocarlos para que la gente respete la velocidad crucero que en las ciudades debiera ser de cuarenta o cincuenta por hora. El honorable público conductor no es muy afecto a tantas limitaciones que el reglamento del tráfico le impone. Cada vez está más molesto con tantos dobleces en la ruta que exigen el uso constante de los pedales que llegan a chirriar con tanto obstáculo y a descomponer los pies con tanto ejercicio.

    Mientras sigo sorteando o remontando obstáculos en la calle pienso que nuestra sociedad está igualmente llena de obstáculos que nos hacen circular con mayor precaución y tensión de la que quisiéramos. No es fácil la vida en la ciudad, cada día más llena de resaltos que los miles de burócratas se encargan de inventar, discutir, proponer y obligar: cinturones, chalecos amarillos, luces de cruce, grabado de números, adelantar por la izquierda, no mirar el teléfono, mantener la distancia, no conversar con el conductor, respetar todos los semáforos, las líneas continuas, las vías exclusivas para bicicletas. En fin, a mi edad, ya suficientemente madura, estoy pensando en dejar el auto en la casa, regalarlo, o enviarlo al cementerio de antigüedades y disponerme a caminar saltando de lomo en lomo y hacer una investigación sobre el número, calidad e inutilidad de seguirlos imponiendo.

    ¡Hasta cuando llenan de baches invertidos a nuestras hermosas calles! Estoy seguro de que los romanos no ponían lomos de toro en sus vías de piedra que cruzaban el imperio. ¿Eran tal vez más inteligentes que nosotros para fomentar el tráfico? Hace unos sesenta años recorrí toda la Vía Aurelia – de Roma a Toledo, unos mil ochocientos kilómetros- en Vespa, sin tener que sortear ni un solo lomo de toro. Suplico en silencio que vuelva la cordura a nuestros burócratas encargados del tránsito. No más lomos, por favor.

 

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