**Urraca

    Fue la primera reina de España.     Urraca gobernó durante diecisiete años; pero la historia clerical dice que no fueron más que cuatro.

    Se divorció del marido que le impusieron, harta de agravios y patadas, y lo echó del lecho y del palacio; pero la historia clerical dice que él la repudió.

    Para que la Iglesia supiera quién mandaba, y aprendiera a respetar el trono femenino, la reina Urraca encerró en la cárcel al arzobispo de Santiago de Compostela y le arrebató sus castillos, cosa jamás vista en tan cristianas tierras; pero la historia clerical dice que todo eso no fue más que un estallido de su ánimo mujeril, que rápidamente se desorbitaba, y de su mente llena de pestífero veneno.

    Tuvo amores, amoríos, amantes, y alegremente los celebró; pero la historia clerical dice que fueron conductas que sonrojaría relatar.

**Concepción

    Pasó la vida luchando con alma y vida contra el infierno de las cárceles y por la dignidad de las mujeres, presas de cárceles disfrazadas de hogares.

Contra la costumbre de absolver generalizando, ella llamaba al pan, pan y al vino, vino:

—Cuando la culpa es de todos, es de nadie —decía.

    Así se ganó unos cuantos enemigos. Y aunque a la larga su prestigio ya era indiscutible, a su país le costaba creérselo. Y no solo a su país: a su época también.

    Allá por 1840 y algo, Concepción Arenal había asistido a los cursos de la Facultad de Derecho, disfrazada de hombre, el pecho aplastado por un doble corsé.

    Allá por 1850 y algo, seguía disfrazándose de hombre para poder frecuentar las tertulias madrileñas, donde se debatían temas impropios a horas impropias.

    Y allá por 1870 y algo, una prestigiosa organización inglesa, la Sociedad Howard para la Reforma de las Prisiones, la nombró representante en España.  El documento que la acreditó fue expedido a nombre de sir Concepción Arenal.

    Cuarenta años después, otra gallega, Emilia Pardo Bazán, fue la primera mujer catedrática en una universidad española. Ningún alumno se dignaba escucharla. Daba clases a nadie.

Fuente: Eduardo Galeano

Scroll al inicio