IMAGEN 7

El día que Sophie Lempereur conoció a François de Sivrac pudo haber sido histórico. El destino no lo permitió y, bien lo sabemos ahora, eso fue lo mejor para los dos. Sophie conducía una bicicleta Gitane que había comprado en una venta de garage apenas un par de meses antes. Un verdadero vintage que la llenaba de orgullo. El pedaleaba una Legnano con sus sellos y timbre originales todavía visibles a pesar de los años. Aunque no era de competición juraba que había pertenecido a Ercole Baldini el del Giro de Italia del 57.

Lo diré simplemente: chocaron. El iba apurado corriendo hacia el norte y ella algo menos atareada, pero distraída iba al oeste. Se insultaron dignamente un par de segundos y tras agotar la furia, pasaron a revisar los daños que pudieran lamentar. Luego se fueron a un café. Ambos eran jóvenes y apuestos. Ella olvidó la mancha en su vestido y él las rayaduras nuevas en su Legnano.

No tenían mucho que decirse así que hablaron de bicicletas. François le contó cómo había adquirido la suya y le habló de Baldini como si fuera un conocido cercano. Sophie le comentó lo orgullosa que se sentía de su Gitane y confesó que su linaje se hallaba atada a la historia de las bicicletas francesas en una larga genealogía.

—Debes haber oído, entonces, del conde de Sivrac, mi antepasado, el inventor del célérifère. Dijo excitadísimo, François, mirándola a los ojos casi como en una declaración de amor.

—Por supuesto, la bicicleta sin pedales que se impulsaba con los pies. Contestó ella. El falso invento y el falso conde que nunca existieron.

Acto seguido le pidió su número de teléfono para mandarle la cuenta de la tintorería por las manchas de aceite en su falda y lo dejó mirándola partir, la cuenta aún por pagar y el café todavía humeante mientras se esfumaba en la curva de la esquina.

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