

**Libertadoras mexicanas
Y se acabó la fiesta del Centenario, y toda esa fulgurante basura fue barrida. Y estalló la revolución.
La historia recuerda a los jefes revolucionarios, Zapata, Villa y otros machos machos. Las mujeres, que en silencio vivieron, al olvido se fueron.
Algunas pocas guerreras se negaron a ser borradas: Juana Ramona, la Tigresa, que tomó varias ciudades por asalto; Carmen Vélez, la Generala, que dirigió a trescientos hombres; Ángela Jiménez, maestra en dinamitas, que decía ser Ángel Jiménez; Encarnación Mares, que se cortó las trenzas y llegó a subteniente escondiéndose bajo el ala del sombrerote, para que no se me vea la mujer en los ojos; Amelia Robles, que tuvo que ser Amelio, y llegó a coronel; Petra Ruiz, que tuvo que ser Pedro, la que más balas echó para abrir las puertas de la ciudad de México; Rosa Bobadilla, hembra que se negó a ser hombre y con su nombre peleó más de cien batallas; y María Quinteras, que había pactado con el Diablo y ni una sola batalla perdió. Los hombres obedecían sus órdenes. Entre ellos, su marido.
**Harriet
Ocurre a mediados del siglo diecinueve. Se fuga. Harriet Tubman se lleva de recuerdo las cicatrices en la espalda y una hendidura en el cráneo.
Al marido no se lo lleva. Él prefiere seguir siendo esclavo y padre de esclavos: —Estás loca —le dice—. Podrás escaparte, pero no podrás contarlo.
Ella se escapa, lo cuenta, regresa, se lleva a sus padres, vuelve a regresar y se lleva a sus hermanos. Y hace diecinueve viajes desde las plantaciones del sur hasta las tierras del norte, y atravesando la noche, de noche en noche, libera a más de trescientos negros.
Ninguno de sus fugitivos ha sido capturado. Dicen que Harriet resuelve con un tiro los agotamientos y los arrepentimientos que ocurren a medio camino. Y dicen que ella dice: —A mí no se me pierde ningún pasajero.
Es la cabeza más cara de su tiempo. Cuarenta mil dólares fuertes se ofrecen en recompensa. Nadie los cobra.
Sus disfraces de teatro la hacen irreconocible y ningún cazador puede competir con su maestría en el arte de despistar pistas y de inventar caminos.
Fuente: Eduardo Galeano