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Cada noche soñaba una palabra. Palabras que sin ella saberlo se le amanecían a cualquier hora del día y crecían y crecían hasta florecer en sus sueños en una crujidera alfabética que llenaba su dormir de inquietudes.

Una vez soñó con la palabra acerico. Lo recordaba perfectamente, porque despertó con el temor de vivir para siempre en esa condición, atareada en agujas y alfileres. Cada noche era un descubrimento, como cuando se le apareció petricor. Amó esa palabra porque vino a ella una temporada especialmente seca que terminó interrumpida por el rugido temible de un trueno. Ese bramido del cielo desató una lluvia que todos los patos del huerto agradecieron con sonoros parpeos interminables.

Pero ¿umemulo? ¿a cuento de qué? ¿Para ella? ¿Para Sofía Úrsula Castillo Véjar, nacida y criada entre sembradíos chilotes? Esta palabra, umemulo, le sonaba a aderezo para costillar al palo, a ulular de sirenas de lanchas bajo la niebla.

Sofía Úrsula, no hacía mucho, ya había despedido a su segundo marido, que prefirió morirse a seguir lidiando con las marejadas encapotadas por las que había piloteado su barca pesquera.

En su sueño, umemulo ululaba como vientos tradicionales y en vez de vaca era un cordero el sacrificio que se ejecutaba en su patio. En vez de río africano, era en su canal del sur de Chile donde ella, a sus 64 años practicaba el baño ceremonial zulú para que Alberto de Dios Cabral Domínguez se enterara que las varas que empuñaba en su mano (reemplazando las lanzas bantú) eran una señal. Que, si él se lo pedía, que sí, que ella estaba dispuesta a aceptarlo como su legítimo esposo hasta que la muerte terminara por separarlos.

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