

El Papa Francisco nos invita a los cristianos a poner de moda la virtud de la esperanza, en vista de que en el ambiente enrarecido en que vivimos hay muchos que se empeñan en dejarla de lado, ya sea en términos personales o en los ámbitos sociales. Al igual que el pastor de la iglesia, muchos somos conscientes que, si no nos espabilamos un poco, caeremos fácilmente en el desencanto, en la visión triste y penosa de un mundo que parece no tener otro arreglo que el de la autodestrucción, Sobre nuestras cabezas hay suficientes agoreros del desastre y más que suficientes bombas atómicas para hacernos desaparecer del planeta, antes de embarcarnos en dirección a Marte o a algún otro destino a años luz de nuestro querido terruño.
Vivimos, porque esperamos. Esta es una verdad evidente. Vivir sin esperanza es una contradicción metafísica. El que no espera, desespera y terminará por destruir su existencia, ya sea disuelta en drogas o de forma violenta.
Joseph Pepper definió la esperanza en general como “tensión del ánimo hacia cosas grandes”. Tiene razón en distinguir, como ya lo hicieron otros pensadores entre la espera y la esperanza. La primera es transitoria, la segunda permanente. Mientras esperamos ir pasando la vida entre comer y sentir, trabajar y holgar, lo que actuamos es solamente la espera de que el día pase para que haya otro y otros más, en que seguiremos haciendo lo mismo, hasta que aburridos soberanamente, decidamos qué hacer con esa monotonía de vida, incapaz de descubrir otros horizontes que la esperanza podría abrirnos.
La esperanza a la que el Papa Francisco se refiere apunta a una mayor distancia y a una mayor altura. Nuestra verdadera esperanza está en la seguridad que vive el hombre de fe que sabe que esta vida tiene un final feliz y no simplemente un acabamiento incierto y penoso. Para el hombre de fe, la vida es un permanente peregrinaje, en medio de dificultades que conduce directamente al encuentro con Dios en una realidad que nos es casi totalmente desconocida. Sabiendo bien el camino, no somos capaces de percibir la realidad deslumbrante de la plenitud eterna en el encuentro con el Creador, autor de nuestras existencias individuales y gestor de nuestro destino eterno, infinito, indescriptible e inimaginable para nuestras precarias condiciones de hombres erectos, sapientes y tecnológicos. Ni siquiera la inteligencia artificial puede fundar clara y distintamente la esperanza que subyace a cuestas de nuestra fe y de nuestros pasos por el amor esperanzado.
La invitación extendida a la humanidad es un verdadero reto a nuestra imaginación, a nuestros afectos, a nuestros trabajos y, en fin a todas nuestras tareas de habitantes sensatos de este planeta que, a juicio de algunos, ya no tendría esperanza de sobrevivir a tanto desgaste, a tanto desastre, a tanto descuido y sobre todo a tanto elemento destructivo que nosotros hemos venido intentando para nuestro mal.
Invito a todos mis amigos e incluso a mis posibles enemigos que hagan primero una reflexión sobre la esperanza con mayúscula antes de dar por perdida la batalla de la eternidad que Dios ha preparado para los que tengan la suficiente humildad como para creer, esperar y amar durante todos los días y no perecer en el intento. Es una buena tarea para ir recorriendo el año de la mano de aquellos que se levantan cada día con el propósito de contemplar, admirar, perdonar, regalar y amar de verdad a todo y a todos.
Totalmente de acuerdo con Francisco: Hay que poner en cartelera la Esperanza.