

*Doria
En El Cairo, en 1951, mil quinientas mujeres invadieron el Parlamento.
Durante horas estuvieron allí, y no había manera de sacarlas. Clamaban que el Parlamento era mentira, porque la mitad de la población no podía votar ni ser votada.
Los líderes religiosos, representantes del cielo, en el cielo pusieron el grito: ¡El voto degrada a la mujer y contradice a la naturaleza!
Los líderes nacionalistas, representantes de la patria, denunciaron por traición a la patria a las militantes del sufragio femenino.
El derecho al voto costó, pero a la larga salió. Fue una de las conquistas de la Unión de Hijas del Nilo. Entonces el gobierno prohibió que se convirtieran en partido político, y condenó a prisión domiciliaria a Doria Shafik, que era el símbolo vivo del movimiento.
Eso nada tenía de raro. Casi todas las mujeres egipcias estaban condenadas a prisión domiciliaria. No podían moverse sin permiso del padre o del marido, y muchas eran las que solo salían de casa en tres ocasiones: para ir a La Meca, para ir a su boda y para ir a su entierro.
*Alicia Moreau – 1977 Buenos Aires
A veces se le va la mano en la fe, y anuncia la revolución social de no muy realista manera, o se dispara públicamente en furias contra el poder militar y el Papa de Roma. Pero ¿qué sería de las madres de Plaza de Mayo sin el entusiasmo de esta muchacha? Ella no deja que las madres se vengan abajo, cuando ya parecen vencidas por tanto silencio y burla:
—Siempre se puede hacer algo —les dice—. Unidas. Cada una por su lado, no. Vamos a… Tenemos que… Y recoge el bastón y es la primera en moverse.
Alicia Moreau ya va para cien años. Está en la lucha desde los tiempos en que los socialistas no bebían más que agua ni cantaban otra cosa que la Internacional. Desde entonces han ocurrido maravillas y traiciones en cantidad, muchos naceres, muchos morires, y a pesar de todos los pesares ella sigue creyendo que creer vale la pena. Alicia Moreau está airosa y briosa como a principios de siglo, cuando discurseaba en los barrios obreros de Buenos Aires, parada sobre un cajón, entre banderas rojas, y atravesaba la cordillera de los Andes a lomo de mula, apurando el paso para no llegar tarde al congreso feminista.
Fuente: Eduardo Galeano