

Solo el hombre es capaz de asombrarse y admirarse de vez en cuando. En general vemos pasar la vida a nuestro lado solo en blanco y negro, utilizando lo que necesitamos, comprando lo que nos ofrecen y repitiendo cada día una cantidad de rutinas sin advertir mucho en su sentido, en su valor o en su trascendencia.
La admiración es la segunda mirada de las cosas o de las personas que nos rodean y el asombro viene a ser una admiración en mayor grado de fascinación y gozo espiritual.
Desde que empecé mis vacaciones formales en un hermoso lugar de esta larga costa chilena, en medio de unos alargados campos de golf, de hermosos árboles, arbustos, jardines y pequeñas lagunas, vuelvo a admirarme y a veces asombrarme con su belleza. Veo desde la mañana innumerables pájaros, conejos, perritos de distinto pelaje y color, niños en bicicleta, jardineros aristas que mantienen impecables las avenidas, recortan los setos, limpian y emparejan los pocos sitios no construidos que todavía quedan y así todo contribuye a ejercitar mi admiración constante y mi asombro esporádico, sobre todo a la puesta de sol o a las olas que llegan y se van en la interminable playa.
Creo que es en esta ocasión del año en que la mayoría de la gente en edad de trabajo rutinario puede dase el lujo de experimentar como ya lo advirtieran los pensadores griegos el valor del ocio por sobre el negocio, que sería la negación del primero.
Ejercitar la admiración nos hace más humanos, porque ciertamente nuestros animales y nuestras plantas solamente repiten para nosotros todas las proezas de simpatía y color que el creador les dio como tarea para nuestro común provecho y satisfacción.
Desde la admiración y el asombro, nos escribía Aristóteles, es donde el hombre empieza a filosofar que no es otra cosa que ejercitar nuestra capacidad de ciencia, conciencia y sabiduría. Admirando vivimos mejor; asombrándonos ante la naturaleza cambiante del campo, del mar y de nuestras construcciones de belleza nos sentimos más fuertemente vinculados al mundo de nuestro propio ser y como consecuencia del supremos ser que nos hace vivir, respirar, gozar, alternar, contemplar, pensar, sonreír, que todo aquello es lo que trae consigo nuestra maravillosa condición de seres admirables, admirados y admiradores al mismo tiempo.
Al viajar a otro lugar, en vacaciones, siempre buscamos, a veces sin advertirlo, poner en marcha nuestra más noble capacidad humana, la de sentirnos seres distintos verdaderamente admirados, admiradores y por lo mismo admirables.