

Varias lectoras, compañeras de infancia, juventud y madurez me piden que escriba sobre la amistad. Dejo a un lado mis crónicas sobre un viaje maravilloso y con gusto me pongo al teclado, sabedor que sobre ese tema escribieron personajes tan importantes como Cicerón, Alfonso X el sabio y, desde luego el autor de los libros de sabiduría bíblicos, por lo que no pretendo decir nada nuevo sobre lo que otros bastante más sabios que yo, dijeron hace tiempo.
Es muy posible que la palabra amistad, como tantas otras, con el tiempo se haya deteriorado en su sentido primigenio, por abuso o simplismo, llegándose a decir que podemos tener un millón de amigos o que para gozar de la vida no hay que tener un campo donde retozar, sino tener un amigo que lo tenga y nos ofrezca gozarlo. El simple deseo o el interés no engendran necesariamente amistad.
Es sintomático que los titulares o expertos más destacados del tema de la amistad sean por de pronto dos reyes reconocidos como sabios – Alfonso X de Castilla y Salomón- quienes dejaron las frases más contundentes que sobre la amistad se han dicho. El primero, en castellano naciente decía que amistad es “ayuntarse de corazones para quererse mucho” y el sabio Salomón como referente de los libros de sabiduría del antiguo testamento, nos recuerda que quien tiene un amigo fiel es dueño del más grande de los tesoros, en traducción libre (Eclo,6). Cicerón, el gran jurista, orador, filósofo y pedagogo romano escribió un libro sobre la amistad, en que siguiendo a los maestros griegos, Platón y Aristóteles precisó que para ser amigo hay que actuar de buena fe, sin adulación, siempre fiel a la verdad y con acendrada virtud, lejos de cualquier interés o conveniencia. La verdadera amistad es duradera, no transitoria o provisional. Coinciden estos grandes pensadores con las afirmaciones más ancestrales del sabio Salomón. No sería extraño que Cicerón conociera los textos de la sabiduría hebrea.
¿Qué podría yo añadir a estos destellos de universal sabiduría si, finalmente es Jesús quien, dirigiéndose a los discípulos a quienes amó hasta el fin les dejó aquella inolvidable sentencia?: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”, dejando clara constancia del valor sustantivo de la amistad, inseparable del amor divino, fiel hasta la muerte.
Dejo a la consideración reflexiva de estas mis queridas lectoras amigas, que ellas mismas vean cómo es su relación mutua. Si fuera solamente una relación de utilidad o simple agrado, es posible que no alcance los altos niveles en los que nos sitúan los dos reyes, el tribuno romano y por encima de ellos el mismísimo Señor en la vieja y en la nueva Ley. Sobre la amistad ya está todo escrito. Lo que corresponde es pedir el don de querer a alguien como si fuera uno mismo, -alter ego-, y que ese amor no solamente no aparte, sino que acerque a Dios y que dure para siempre. Por hoy no se me ocurre nada más y nada menos. Tal vez recordar que cuando se tiene un tesoro, hay que cuidarle, defenderle y, desde luego gozarle.