*Carmen Miranda – 1946. Hollywood

    Toda brillosa de lentejuelas y collares, coronada por una torre de bananas, Carmen Miranda ondula sobre un fondo de paisaje tropical de cartón.

Nacida en Portugal, hija de un fígaro pobretón que atravesó la mar, Carmen es hoy por hoy el principal producto de exportación del Brasil. El café viene después.

    Esta petisa zafada tiene poca voz, y la poca que tiene desafina, pero ella canta con las caderas y las manos y con las guiñadas de sus ojos, y con eso le sobra. Es la mejor pagada de Hollywood; posee diez casas y ocho pozos de petróleo.

    Pero la empresa Fox se niega a renovarle el contrato. El senador Joseph McCarthy la ha denunciado por obscena, porque durante una filmación, en pleno baile, un fotógrafo delató intolerables desnudeces bajo su falda volandera. Y la prensa ha revelado que ya en su más tierna infancia Carmen había recitado ante el rey Alberto de Bélgica, acompañando los versos con descarados meneos y caídas de ojos que provocaron escándalo a las monjas y al monarca prolongado insomnio.

*Las edades de Josephine

    A los nueve años, trabaja limpiando casas en Saint Louis, a orillas del Mississippi. A los diez, empieza a bailar, por monedas, en las calles. A los trece, se casa. A los quince, otra vez. Del primer marido, no le queda ni siquiera un mal recuerdo. Del segundo, guarda el apellido, porque le gusta cómo suena. A los diecisiete, Josephine Baker baila charleston en Broadway.

A los dieciocho, cruza el Atlántico y conquista París. La Venus negra aparece desnuda en el escenario, sin más ropa que un cinturón de bananas. A los veintiunos, su rara mezcla de payasa y mujer fatal la convierte en la vedette más admirada y mejor pagada de toda Europa. A los veinticuatro, es la mujer más fotografiada del planeta. Pablo Picasso, arrodillado, la pinta. Por parecerse a ella, las pálidas damiselas de París se frotan con crema de nuez, que oscurece la piel. A los treinta, tiene problemas en algunos hoteles, porque viaja acompañada por un chimpancé, una serpiente, una cabra, dos loros, varios peces, tres gatos, siete perros, una leoparda llamada Chiquita, que luce collar de diamantes, y un cerdito, Albert, que ella baña con el perfume Je reviens, de Worth. A los cuarenta, recibe la Legión de Honor por sus servicios a la resistencia francesa durante la ocupación nazi. A los cuarenta y uno, cuando ya va por el cuarto marido, adopta doce niños de diversos colores y diversos lugares, que ella llama mi tribu del arcoíris. A los cuarenta y cinco, regresa a los Estados Unidos. Exige que a sus espectáculos asistan, todos mezclados, blancos y negros. Si no, no actúa. A los cincuenta y siete, comparte el estrado con Martin Luther King y habla contra la discriminación racial ante la inmensa Marcha sobre Washington. A los sesenta y ocho, se recupera de una estrepitosa bancarrota y celebra, en el teatro Bobino de París, su medio siglo de actuación en este mundo. Y se va.

Fuente: Eduardo Galeano

   

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