

Educar es llevar de la mano a una persona a pensar, juzgar, discernir y como colofón actuar bien. La sociedad es consciente de que los nuevos ciudadanos no vienen certificados como entes morales e intelectualmente preparados. Como los árboles nuevos necesitan guías. Leer, escribir, calcular y conocer el presente y el pasado son los objetivos de habilitación.
Los padres y maestros parten de la convicción de que el niño no tiene capacidades desarrolladas correctamente en torno al pensar, discernir y actuar moralmente. No creo que haya, entre los padres y educadores normales, discrepancia alguna al respecto. Si así fuere, habría que pensar que tales sujetos debieran volver rápidamente a la escuela para que puedan ejercer de apoderados o de maestros de los niños.
Hay pueblos en la tierra que gracias a una educación sensata, constante, proclive a lo correcto, no necesitan reformas frecuentes para que los niños digan siempre la verdad, no roben, no maltraten a sus iguales, obedezcan a sus padres y cumplan con las reglas elementales de la convivencia ciudadana, como no tirar basura, respetar los semáforos, saludar, agradecer y pedir permiso con toda naturalidad cuando las circunstancias lo requieran.
Lamentablemente, nuestro país – me refiero a Chile, aunque pudiera también valer para España- es un hábito bastante común entre los ciudadanos mentir con cierta facilidad, robar en pequeña escala, manifestarse hostil ante la competencia desarrollando la envidia, y no tener mucho cuidado del medio ambiente en razón de ruidos, molestias a los vecinos, adelantar por la derecha, saltarse la fila y eludir el pago de las deudas y los impuestos.
Teniendo en cuenta que los buenos países tratan de educar respaldando a padres y maestros contra las malas costumbres presentes, los desvíos mentales y las conductas de lucha y desprecio de sus vecinos, los países que no son tan afectos a las buenas costumbres, se ven obligados a redoblar su ocupación en inyectar en todos los niveles de la educación aquellos hábitos que den cuenta de la buena ciencia, conciencia y conducta de sus ciudadanos.
Con la mayor de las modestias que pudieran caber en mi mente y corazón, sugeriría a nuestras autoridades, de hoy y de mañana, que en sus propuestas casi siempre revolucionarias sobre la educación pública pongan el acento en mejorar en los alumnos los buenos hábitos de la veracidad, honestidad, buenas prácticas de convivencia y encomendar tanto a las familias como a los colegios que colaboren con hidalguía en la gran tarea de educar bien a nuestros hijos, nietos y biznietos. Con que los lleven a la verdad, al bien y a la belleza, basta y sobra.
El día que en Chile podamos fundir todas las rejas que protegen casas y barrios, circular de noche sin miedo, recojamos cualquier basura en el suelo que pisamos, saludemos y pidamos perdón y permiso con una sonrisa en los labios, podremos asegurar que también nuestro país ha entrado en el pleno desarrollo físico, moral, espiritual, cultural y afectivo. Para esto es la educación. Hay tarea para la casa, para la escuela y para rato.