

Todos tratamos de dar buena imagen, pero no todos alcanzamos una buena reputación. No basta con asegurar que somos buena persona, familia, empresa o institución, para que la gente que nos observa en terreno lo reconozca y esté dispuesta a certificarlo. La reputación es el certificado de bondad en el fondo y en la forma, de una persona o de un grupo. Mientras de la imagen nos ocupamos nosotros mismos, como personas o como equipo, la reputación solo depende de los otros. Por mucho que nos esforcemos en proyectar imagen prestigiosa, solo conseguiremos reputación, cuando los demás así lo crean y nos la otorguen.
Empresarios y políticos hacen esfuerzos para mostrar honradez, transparencia, aceptación y credibilidad. Abunda la literatura a este propósito, cantidad de códigos de ética redactados por los gremios profesionales, así como los centros dedicados al estudio de las comunicaciones y abunda la oferta de instrumentos para convencer acerca de la categoría moral del grupo. En generaciones anteriores, la ética era, a lo más, un capítulo secundario de la filosofía y en versión de moral religiosa, un recuento de mandamientos y consejos evangélicos. Hoy es todo un tratado suscrito por muchas instituciones.
A finales del siglo veinte comenzó esta fiebre por la ética o moral que prendió en escuelas superiores de cualquier tipo de rubros; ciencia, tecnología, jurisprudencia, humanidades, arte, deporte, salud. ¿Por qué esta irrupción tan vigorosa, universal y al parecer duradera? Algunos lo atribuyen a un progreso de la conciencia que, al haberse alejado en los dos últimos siglos del control de los principios trascendentes, se enfrentó a la imperiosa necesidad de sustituir la escala de valores por la jerarquía de buenas prácticas, que la racionalidad aconseja.
La calidad total es el otro nombre de la reputación, -creo que fueron los japoneses los inventores de esta expresión-, título que muchos aspiran conseguir. Siempre habrá escépticos, así como envidiosos, que tratarán de estigmatizar a quienes pretenden hacer visible su categoría moral, como si se tratara de una presunción vanidosa. Un astuto y viejo adagio aseguraba: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Por lo mismo, algunos prefieren trabajar con bajo perfil en esta materia, ya que la reputación a que aspiran no será fruto de reflexiones morales, de escritos y proclamas, sino más bien de prácticas virtuosas que se repitan y mantengan en el tiempo. El empeño por tener buena imagen y mejor reputación es noble. Quien piense y actué siempre bien, la buena imagen y la reputación le vendrán por añadidura.