

+El amor y la muerte – Pär Lagerkvist
Una noche paseaba las calles con mi amada, cuando al pasar ante una casa de lúgubre aspecto, abriose repentinamente la puerta y un amorcillo¹ dio un paso fuera de las sombras. Mas no era un amorcillo común -frágil, delicado y artístico-, sino un hombrazo pesado y fornido, con todo el cuerpo cubierto de pelos, que más parecía un guerrero bárbaro apuntándome con su rústico arco. Me disparó una flecha que me alcanzó en el pecho. Retiró después la pierna y cerró tras de sí la puerta de aquella casa semejante a un castillo hosco y sombrío. Yo caí, pero mi amada continuó su paseo. Pienso que no advirtió mi caída, pues de lo contrario se hubiera inclinado sobre mi cuerpo y habría tratado de socorrerme. Mas como siguió, sin detenerse, comprendí que no se había dado cuenta de mi caída. Mi sangre corrió tras ella, durante un rato, como un arroyuelo, hasta que se detuvo cuando ya no pudo alcanzarla.
+El beso – Enrique Anderson Imbert
La reina de un remoto país del norte, despechada porque Alejandro el Magno había rechazado su amor, decidió vengarse. Con uno de sus esclavos tuvo una hija y la alimentó con veneno. La niña creció, hermosa y letal. Sus labios reservaban la muerte al que los besara. La reina se la envió a Alejandro, como esposa; y Alejandro, al verla, enloqueció de deseos y quiso besarla inmediatamente. Pero Aristóteles, su maestro de filosofía, sospechó que la muchacha era un deletéreo alimento y, para estar seguro, hizo que un malhechor, condenado a muerte, la besara. Apenas la besó, el malhechor murió retorciéndose de dolor.
Alejandro no quiso poner sus labios en la muchacha, no porque estuviera llena de veneno, sino porque otro hombre había bebido en esa copa.
+El buen sentido – François Rabelais
Un caballo era tan terrible y desenfrenado, que nadie se atrevía a montarlo; había derribado a todos sus jinetes, rompiendo a uno el cuello, a otros las piernas, a otro el cráneo, a otro las mandíbulas. Al observarlo Alejandro en el hipódromo, que es el lugar en donde se hace pasear y saltar a los caballos, advirtió que su furor no provenía sino del espanto que le producía su propia sombra. Entonces lo montó y lo hizo correr contra el sol, de forma que la sombra cayera detrás, y por este medio consiguió que el caballo se mostrara dócil y se dejara dominar perfectamente.