

Aunque ambos sean sujetos de observación y cuidado, hay una diferencia importante entre unos y otros. El inmoral es una persona que hace trampa a sabiendas, mientras el amoral le tiene sin cuidado saber si lo que hace para su propio provecho es bueno o malo para otros. Simplemente se abanica con la ética.
Nos podemos asociar con un inmoral, porque tiene remedio. Con el segundo no conviene hacerlo nunca porque es irredimible. Lamentablemente unos y otros abundan en los negocios públicos y privados y hasta es posible que en alguna circunstancia de nuestra vida hayamos caído en la tentación de alguna inmoralidad. Espero que ninguno de mis lectores haya caído o vaya a caer en la tentación de la amoralidad. Aunque el adagio nos aconseja a pensar que “de esta agua no beberé” puede ser más un propósito que una acción.
Fijemos antes que nada los términos. Inmoral es aquel que actúa de forma incorrecta, siendo consciente de que hace algo malo. Amoral es el que obra con prescindencia total de la moralidad de la acción que ejecuta. Mientras el inmoral siente un cierto remordimiento por haber estafado, el amoral no mueve un músculo frente al mismo hecho. El inmoral es normalmente humilde, sabiéndose pecador, mientras el amoral es más bien soberbio porque se considera inteligente, no inclinado a sentimentalismos axiológicos.
En el mundo de los negocios y de la política, la confianza es una de las virtudes más exigidas por parte de los actores concurrentes. Actuar bajo la sospecha permanente de que uno va a ser estafado es demasiado desgastador para los operadores. Creer en la palabra dada, esperar la calidad que se ha comprometido y la puntualidad en las acciones son, sin duda, condiciones que todos quisiéramos tener y recibir en nuestras interacciones de bienes y servicios.
El hombre que actúa y se reconoce inmoral será castigado más temprano que tarde y el castigo que se le infrinja, le alertará a corregir posturas y a enderezar caminos. No se puede ser inmoral siempre, sin que cueste caro. La mala fama cuesta revertirla. Y la buena imagen se puede perder con una sola inmoralidad.
El hombre que se confiesa pecador, tiene posibilidades de ser santo. El que dice no arrepentirse nunca de nada es, por lo menos, un tipo sospechoso de maldad.
El amoral es un personaje del que hay que desconfiar siempre, ya que su postura ante el bien y el mal le es indiferente. Solamente actuará en función de sus intereses inmediatos. Para él no existe otra norma que la que le parece más conveniente aquí y ahora, dejando de lado el destino ajeno. El amoral puede aferrarse al axioma del costo–beneficio en todas sus dimensiones, entrando en una casilla u otra de acuerdo a su conveniencia. Un inmoral podrá ser infiel a su esposa y sentirá algún tipo de pesar por ello. Un amoral encontrará que la infidelidad no existe, puesto que para él, la libertad sin límites es el único valor que reconoce como absoluto.
El ideal es trabajar con gente moral, con personas para quienes el trabajo no es neutro, las personas no son indiferentes y las circunstancias no son nunca desechables. Con una visión moral fuerte en valores de respeto, dignidad, servicio y solidaridad para señalar sólo algunos de los valores sociales, no sólo se trabaja con más armonía, sino que a la larga, con mayor eficiencia y eficacia. Invertir en valores morales es más rentable siempre.