

El británico fue uno de los primeros investigadores sobre la medicina deportiva y la fisiología, lo que le valió el premio en 1922.
Pocas cosas puede haber tan satisfactorias a nivel profesional como ser capaz de mezclar, con éxito, tu trabajo con tus pasiones personales. El británico Archibald Vivian Hill desarrolló una atracción inmensa por el atletismo que, paradójicamente, le hizo convertirse en 1922 en ganador del Premio Nobel de Fisiología y Medicina de forma compartida con Otto Meyerhof.
104 años después, Vivian Hill es considerado como uno de los padres de la medicina deportiva y la fisiología por los descubrimientos que hizo en ese campo de actuación. De hecho, el premio otorgado por la Asamblea del Nobel en el Instituto Karolinska lo recibió por encontrar la manera de medir el calor producido por los músculos.
Hill entendió que los músculos transforman la energía química que les proporciona el organismo en trabajo mecánico y calor. Muy popular es su Ecuación de Hill, que representa que, a mayor carga levantada, menor velocidad de contracción muscular. Tanto en el proceso de contracción como tiempo después de cesar en su actividad, el músculo experimenta cambios de temperatura, lo que demuestra que se recargan después del esfuerzo.
Para explicar esto, Hill comparó los músculos con un coche. El corazón y los pulmones vendrían a ser como una bomba de gasolina. Si el motor pide más de lo que la bomba le puede dar, el sistema colapsa y el coche se para o se estropea. Sucede algo similar cuando el organismo llega a su volumen máximo de oxígeno, un eslabón que no se puede superar y que acerca al cuerpo a su límite.
El científico introdujo también el concepto de deuda de oxígeno. “El cuerpo es capaz de endeudarse para hacer ejercicio y pagarlo después”, pronunció resaltando cómo los músculos gastan una energía que todavía no tienen a través de la vía anaeróbica que, más tarde, se recupera mientras se oxida el lactato y se restaura el glucógeno.
La figura de Hill es todavía más relevante si tenemos en cuenta que aprovechó su fama para salvar a muchos compañeros científicos a huir de campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial -18 de ellos fueron posteriormente premios Nobel-. “La ciencia es un lenguaje universal que no entiende ni de fronteras ni de razas”, defendió al respecto.