Platón relata que el Oráculo de Delfos dijo que Sócrates era el más sabio, a lo que él contesta que lo es porque reconoce su propia ignorancia. Una lección de sabiduría socrática que sigue siendo clave hoy.

    Esta frase tan sencilla encierra una de las ideas más profundas y revolucionarias de la filosofía occidental. Aunque atribuida a Sócrates, nos llega a través de su discípulo Platón, quien la recoge en “Apología de Sócrates”, su famoso relato del juicio en el que se condenó a muerte al pensador ateniense. En ella, Sócrates explica cómo, tras ser declarado ‘el más sabio’ por el Oráculo de Delfos, comprendió que su verdadera sabiduría consistía en reconocer su propia ignorancia.

    Más de 2.400 años después, esta actitud que hoy llamamos humildad intelectual, sigue siendo un valor escaso pero esencial. En una era de sobreinformación, verdades absolutas en redes sociales y polarización ideológica, el legado clásico de la duda razonada se convierte en una herramienta más que interesante para construir un pensamiento más crítico, empático y riguroso.

El origen de la humildad intelectual

    En el diálogo ‘Apología’, Platón narra cómo su maestro fue acusado de corromper a la juventud y de impío. Fue entonces cuando se produjo uno de los episodios más célebres de la filosofía: el oráculo de Delfos declaró que Sócrates era el hombre más sabio de Atenas, pero él, lejos de creérselo, decidió comprobarlo.

    Visitó a políticos, poetas, artesanos y sabios proclamados. Todos afirmaban saber, pero en el fondo no entendían lo que decían. Sócrates, en cambio, reconocía no saber… y precisamente por eso era más sabio que ellos. Como él mismo afirma: “Soy más sabio que este hombre; probablemente ninguno de los dos sabe nada bueno ni bello, pero este cree saber algo cuando no lo sabe, mientras que yo, como no sé nada, tampoco creo saberlo”. Así nace el principio de humildad intelectual. Teniendo conciencia de que el conocimiento humano es limitado, y que reconocerlo públicamente no es un signo de debilidad, sino de fortaleza moral e intelectual.

    Así, frente a los dogmas, Platón (y Aristóteles) cultivaron una forma de pensar basada en la duda constructiva, la argumentación honesta y la apertura a cambiar de opinión. Platón distinguía claramente entre episteme (conocimiento verdadero) y doxa (opinión). En su pensamiento, no basta con repetir lo que otros dicen o aceptar tradiciones sin cuestionarlas: hay que razonar, dialogar y asumir responsabilidad sobre lo que se afirma. De ahí que considerara heroico el gesto de Sócrates.

    Aristóteles, por su parte, definía el conocimiento como la capacidad de ofrecer razones adecuadas para justificar que algo es verdadero; pero también reconocía que todo conocimiento parte de premisas no demostradas, algo que apunta a los límites de la certeza y el importante papel de la duda.

La crisis del saber en la era digital

    Hoy existen muchos ‘sabelotodos digitales’; plataformas como X, YouTube o TikTok están llenas de gurús que afirman tener respuestas definitivas para todo, ya sea salud, política, historia, ciencia… pero ser humildes intelectualmente es justamente lo que nos puede permitir reconocer que estar seguros de algo no siempre equivale a tener razón. Eso no te hace más inseguro, sino más sabio.

    Desde Platón hasta Maslow (fundador de la psicología humanista), muchos pensadores han coincidido en que una personalidad madura no se define solo por lo que sabe, sino por cómo se comporta ante lo que no sabe. En su teoría sobre la autorrealización, Maslow describía a las personas humildes intelectualmente como aquellas que no temen admitir que otros pueden enseñarles algo valioso. Ese respeto profundo por el conocimiento ajeno, unido a la conciencia de los propios límites, es lo que hace que sea una virtud tanto ética como epistémica. No se trata de dudar de todo, sino de saber cuándo y cómo dudar.

Fuente: Historia NG

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