Y luego ya se organizaron ellos. Los obreros, digo. Los obreros y sus deportes, digo. ¿Origen? Pues esto es siempre artificioso, pero después de la Gran Guerra, por resumir. Nacieron en aquel tiempo la Unión Internacional Obrera para la Educación Física y el Deporte, y la Internacional Deportiva Roja. Como a los progres nos gusta más pelearnos que un calipo de lima-limón, pues no se llevaban nada bien. Ay.

Esto sobre todo se potencia por Europa Central, que andaba encarnadísima en aquellos felices veinte. Digamos que era la versión avanzada del anterior deporte socialista, con su aire naíf, su igualdad entre sexos y edades, su desprecio por lo competitivo. Hubo deportistas de izquierdas con mucho éxito (a Giovanni Gerbi, ciclista, le apodaron el Diablo Rojo por un quítame allá esos insultos al cura), pero la filosofía básica nacía de un amateurismo happyflower. Claro, todo se fue a tomar viento con la Segunda Guerra Mundial, porque de allí volvía la gente muy hedonista, vale, pero también con un toque cínico bastante potente, y la competitividad viene que ni pintada para el cinismo.

Existieron Olimpiadas Obreras (las primeras se celebraron en Praga en el año 1921), proclamas, asociaciones de deportistas rojos en cada país. Normalmente incluían asuntos al margen de los meramente físicos, como el teatro, la poesía o las exhibiciones infantiles, pero, teniendo en cuenta el cuándo, tampoco eran tan distintos del juguete coubertiniano.

En 1936 se celebraron dos eventos deportivos contrapuestos, enfrentados desde su propia naturaleza. De un lado, el COI, simpático, le había encargado la organización de los Juegos Olímpicos a Berlín. No vea usted qué risas: todos con su Triunfo de la Voluntad, su Hitler de bigote ridículo y su Goebbels contentísimo. Para esas fechas el tío Adolf ya gastaba leyes raciales y ocupaba militarmente Renania. Vamos, que venía asomando la patita, no se vayan a creer. (Los Juegos Olímpicos de 1940 fueron adjudicados a Tokio. En 1944 tendrían lugar en Roma. Te pones a hacerlo peor y no te sale, no te sale. Menudos golfainas los del COI.)

La cosa es que hubo individuos e incluso asociaciones que dijeron: «Oye, mira, yo no voy a Berlín. Es un dislate: me voy a echar encima vergüenza imposible de limpiar». No fueron pocos, y de esa negativa nació la idea de celebrar unos Juegos paralelos que sí mantuvieran el espíritu de concordia entre las naciones del que tanto le gustaba cloquear falsamente a Coubertin.

Se llamaría Olimpiada Popular de Barcelona. Cuidao, aquí ya andábamos a hostias unos con otros, porque, mira, la Olimpiada Popular le mola al Partido Comunista, pero están en contra los de la CNT y el POUM, ya ves, qué risas, siempre así. Pero eso, que 6.000 paisanos de veintitrés países (también deportistas judíos en el exilio). Había yanquis, suizos, ingleses, representantes de la Mitteleuropa, casi todos miembros de clubes y asociaciones obrero-deportivas.

La cosa es que esta Olimpiada Popular habría de celebrarse a partir del día 19 de julio del año 1936. Fue imposible, como comprenderán a poco que manejen cuatro datos de historia. Los deportistas se despertaron con cambio de planes: sin desfile en el Estadio de Montjuïc, y, a cambio, los españoles con obligación de marchar al frente. Y la mayoría de los extranjeros están de vuelta a casa. Abandonamos pelotas, raquetas y bicis. Quién sabe cuándo volverán.

Fuente: Príncipes y esclavos

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