Mavutsinim: el primer hombre  – Anónimo

En el principio solo había Mavutsinim. Nadie vivía con él. No tenía esposa. No tenía ningún hijo, ni tenía pariente alguno. Estaba solo, completamente solo.

Un día, convirtió una concha en mujer y se casó con ella. Cuando nació su hijo, le preguntó a su esposa: -¿Es hombre o mujer? -Es un hombre.

-Lo llevaré conmigo. Luego se fue. Lloró la madre del muchacho y regresó a su aldea, la laguna, donde se convirtió en concha otra vez.

-Somos los nietos del hijo de Mavutsinim -dicen los indios.

Tratar con el tiempo – Lewis Carroll

—Con toda seguridad, ¡ni siquiera habrás hablado con el Tiempo!

—Puede que no —contestó Alicia con cautela—. Pero sí sé —añadió esperanzada— que en las lecciones de música marco el tiempo a palmadas.

—¡Ah! ¡Ah! ¡Eso lo explica todo! —afirmó el Sombrerero—. El tiempo no tolera que le den palmadas. Si, en cambio, te llevarás bien con él, haría cuanto quisieras con tu reloj; por ejemplo: supongamos que fueran las nueve de la mañana, la hora en que comienzan tus lecciones; pues bien, bastaría con que murmuraran tus deseos al oído del Tiempo para que este se encargara de que las agujas del reloj corrieran veloces y, en un abrir y cerrar de ojos serían la una y media, ¡la hora del almuerzo!

—¡Eso sí que estaría bueno! —exclamó Alicia, midiendo las muchas ventajas que parecía ofrecer el Tiempo—. Lo malo es que entonces no tendría apetito, ¿no le parece?

—No lo tendrías inmediatamente quizás —reconoció el Sombrerero—; pero como también podrías lograr que siguieran siendo la una y media indefinidamente, acabarías teniéndolo.

Borges y yo – Jorge Luis Borges

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y solo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras

cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página.

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