Las ideas de los sabios de la Antigüedad no parecen envejecer. La cita de Platón, “La ignorancia es la semilla de todo mal”, es uno de esos ejemplos. Esta intuición forma parte del intelectualismo moral, heredado de Sócrates y desarrollado por él con una ambición metafísica sin precedentes. Su tesis se resume en que quien conoce de verdad lo bueno, actuará bien; quien obra mal, lo hace porque no comprende realmente en qué consiste el bien.

Platón nació en Atenas hacia 427 a. C., en un momento de fractura histórica. La gran ciudad de Pericles acababa de entrar en la larga Guerra del Peloponeso, y la peste había devastado la población. Su juventud transcurrió bajo el signo del conflicto, la inestabilidad y la decepción política. De familia aristocrática, tuvo cerca tanto la experiencia de la oligarquía como la de la democracia ateniense, y acabó alejándose de la política activa tras el proceso y la ejecución de su maestro Sócrates en 399 a. C.

¿Cómo puede una sociedad equivocarse tanto? Porque vive prisionera de la ignorancia.

La ignorancia es la raíz del mal

Cuando Platón identifica el mal con la ignorancia, no se refiere a no saber datos o fechas. No habla de incultura superficial, sino de la forma más profunda de ceguera: no conocer el bien, no comprender la justicia, no distinguir entre lo que conviene al alma y lo que solo satisface un apetito pasajero a Idea del Bien: la luz que ordena el mundo. Aquí aparece uno de los pilares del pensamiento platónico: la Idea del Bien. En la República, Platón imagina que por encima del mundo sensible, que es imperfecto y cambiante, existe un orden superior de realidades eternas e inmutables: las Ideas o Formas. Entre todas ellas, la más alta es precisamente la del Bien, fuente de lo justo, de lo bello y lo verdadero.

Por eso el error moral no es un accidente baladí; es una desorientación ontológica. El ignorante vive entre sombras, toma apariencias por realidades y persigue imágenes deformadas del bien. Es el célebre esquema de la alegoría de la cueva: los seres humanos permanecen encadenados mirando proyecciones y creyendo que eso es el mundo. Salir de la cueva no es solo aprender: es transformar el alma.

Aristóteles sospechó que no bastaba con saber lo correcto para hacerlo y nuestra experiencia diaria parece darle la razón. Si bien a veces sabemos perfectamente qué deberíamos hacer, elegimos mal. Pero aun con esas objeciones, la intuición platónica conserva una fuerza extraordinaria. Porque muchas veces el mal sí brota de una forma de ceguera: del prejuicio, de la manipulación, del autoengaño, de la incapacidad para ver al otro como un bien y no como un instrumento…

Quizá por eso en esta época que vivimos de desinformación acelerada y opiniones no solicitadas, Platón volvería a insistir en que sin educación del juicio no hay libertad auténtica. Y sin conocimiento del bien, la sociedad queda a merced de deseos mal orientados, entre otras cosas. Deberíamos aprender a afinar la mirada hasta reconocer el bien cuando aparece, según este filósofo griego.

Scroll al inicio