Cuando le preguntaban por su gesta en los Juegos Olímpicos de 1936 y cómo aquello había sido un golpe simbólico para quienes defendían la inferioridad racial de los negros, Jesse Owens se encogía de hombros. «¿Es cierto que Hitler se negó a darle la mano?» Owens volvía al gesto: «Me vio y saludó con la cabeza. Cuando volví a Estados Unidos nadie quería darme un trabajo de blancos porque yo era negro. Tengo cuatro medallas, pero no puedo entrar en algunos bares, y me mandan a mear en letrinas especiales para negros. Por si les pego algo, claro». Owens recordaba con nostalgia aquella semana, cuando estuvo en la cima.

Paradojas…

Ahora nadie discute la aberración de aquellos Juegos. Bueno, alguno lo discutirá, pero nadie con dos dedos de frente. Pero entonces…, vaya, entonces no estaba tan claro el asunto. Por mucho que hoy sorprenda.

Digamos que los Juegos de Berlín de 1936 tuvieron algunos problemas. El Comité Olímpico nazi dijo que respetaría los principios de la Carta Olímpica, los derechos humanos y, si tenía ganas, las libertades. Todo guay, salvo porque, desde 1935, las Leyes de Núremberg prohibían las competiciones entre judíos y arios. Su contrapartida estadounidense dijo que eso estaba fatal, y que ellos no irían a Berlín hasta que no se suprimieran. Un ultimátum en toda regla, vaya. Uno muy fuerte, superfuerte, hipersuperfuerte…, pero que luego matizaron aquí y allá, y al final se convirtió casi en un gatito ronroneante. El podador fue Avery Brundage, que era bastante fascistoide y acabó como presidente del COI (su antecesor, Sigfrid Edström, era antisemita, lo mejor de cada casa). Charles Sherrill, otro miembro del comité yanqui, resultó más cínico incluso: «¿Quiénes somos nosotros para criticar lo que hace Germania a los judíos, si tenemos a los negros machacados?». Solo que no lo decía para que desaparecieran ambas situaciones, sino con resignación, en plan «mira, qué se le va a hacer».

También Coubertin apoyaba bastante a los nazis. Pero bastante bastante. «A pesar de los excesos deplorables del sistema nazi, no oculto mis simpatías por la idea de base, la de un orden nuevo.» Ah, también expresó la intención de nombrar como heredero de su obra literaria a la Alemania nacionalsocialista. Que se abriese allí un centro de estudios sobre el movimiento olímpico. Ya ven, ni de derechas ni de izquierdas.

Ah, Hitler andaba convencido de que los siguientes Juegos serían en Japón, y después ya todos en Berlín, porque era capital mundial (que se lo digan a Speer).

Un error de cálculo.

Más Olímpicos. Año 1968, oigan, Juegos de México. Y cierto problemilla que amenaza con cierto boicot. Una cosa pequeña, un detalle sin importancia: la segregación racial en Sudáfrica y Rodesia.

Para 1965 el COI decidió suspender a Sudáfrica en todas las competiciones olímpicas, por petición de cuarenta representantes africanos. Que eso se decidiese en la reunión de Madrid (de Madrid, año 1965) es algo muy irónico. El presidente del Comité dijo que nanay por un quítame allá estas disquisiciones administrativas. Ese presidente era Avery Brundage, al que acabamos de conocer. Un par de añitos antes, por contextualizar, Brundage se mostró contrario a la inclusión en el COI de veinticinco naciones recién descolonizadas, porque «los países con larga tradición olímpica quedarían en minoría». Su solución era dar más votos a los blanquitos.

Fuente: Príncipes y esclavos.

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