Con un calor insoportable visito Egipto por segunda vez en mi vida. Dos nietos se empeñan en que recorramos el Nilo desde Asuán hasta el Cairo en busca de emociones por el majestuoso pasado, aunque debamos aguantar el presente caótico, de tercer o cuarto mundo que es lo que aparentan esas ciudades polvorientas, sucias y agitadas por masas de vendedores que nos asaltan por el río, por los desiertos y por todos los barrios de sus impresionantes templos del pasado, de colosales estatuas y de infinitas columnas que se elevan al cielo, al par que sus fantasmagóricas pirámides y sus infinitas tumbas de faraones repartidas a lo largo del interminable Nilo.

La primera vez que lo visité tuve otra impresión al conocer primero la elegante y magnífica Alejandría, con sus palacios, su faro y su biblioteca. La primera visita al Cairo me produjo la misma sensación de ahora. Una ciudad inmensa donde no existen los semáforos ni las reglas del tránsito, por lo que las gentes se mezclan con automóviles, autobuses, bicicletas, patines y hasta camellos que vienen de exhibirse ante los turistas que pagan cinco dólares

por subirse a ellos por unos minutos y que vuelven a sus cuadras en algún pesebre colectivo que está en la misma ciudad. A pesar del caos vial, la movilización fluye y raramente se producen “tacos”. Increíble observación para expertos en tráfico urbano.

En el gran bazar miles de tiendas exhiben todos los productos de oro, plata, bronce, cobre, plástico y madera que reproducen pirámides, máscaras de Tutankamón y Nefertitis de cuello largo en reproducciones infinitas Y en medio de tanto calor, los restoranes y bares, vendedores de agua, de helados y de negros plátanos, dátiles y empanadas abundan por todas partes. La palabra que más se oye es “dólar” que bien puede ser uno, cinco, diez o

veinte. El buen comprador es capaz de reducir cualquier mercadería ofrecida desde veinte a uno y finalmente se hace el negocio como si nada. Mi Nefertitis de veinte centímetros solo costó dos dólares gracias al regateo de una de mis acompañantes en el tour.

Palabra aparte merece el gran museo recientemente abierto, donde el esplendor del pasado deja a un lado el espanto del presente en su formato y en sus piezas singulares, tales como la máscara dorada del faraón niño como la estatua gigante de Ramsés II, así como el barrio copto que presenta sus viejas iglesias cristianas donde se muestra la olvidada cultura de aquellos primeros cristianos que lograron colocar sus cruces en los templos y en las tumbas de los antiguos faraones.

Impresionante por sobre todo el viejo museo de las momias reales, donde el silencio y el mármol oscuro ayudan a presentar nuestros respetos a los Seti y a los Ramsés que duermen el sueño de la muerte desde tres o cuatro mil años, con signos todavía de su admirada y admirable grandeza. Aunque, entrando un poco más a fondo en este peregrinaje cultural, cabe reconocer que Egipto ha sido y seguirá siendo uno de los imperios más admirados por su espléndido arte, su arquitectura inexplicable y sus misterios sagrados que hicieron de un

pueblo entero el mismo hormiguero de trabajadores esclavizados que fueron capaces de levantar portentos de piedra que dejan con la boca abierta a quienes los visitan hasta el día de hoy.

Agobiado por el calor de agosto, pero extasiado ante tantas maravillas del pasado, sigo pensando que sus actuales custodios de blancas túnicas y turbantes viven más cerca del caótico pasado que del ordenado y electrónico presente.

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