

Una chichita – Lorenzo González
Donde “La Costina” fue el lugar en el que tomé las últimas de las buenas chichas de la plaza, las otras las había tomado donde “Pablito” algunos meses antes que muriera. La Señora María atendía con viva energía y buen sentido de humor, pero la procesión iba por dentro.
Allí, camino al cementerio, hasta fines de año uno podía encontrarse
con aquellos preciosos caldos. Desde pequeño tenía afición por esa bebida, tal vez un gusto heredado de la familia. Mi abuela, junto con Guillermito y La Tigua eran las mejores manos para refregar la uva en el barrio. Allí concurrían “el villano el noble” y se daban la mano como iguales al son de la melodía que mi abuela regalaba ya fuera en el arpa o la guitarra.
Ya no se encontraban esas donde el sabor de la uva moscatel se atrincheraba en la garganta y pedía ser paladeado lentamente. El gusto por ese tan delicado placer se acrecentó cuando con el Gallina, El Torreja, el Pelao o el Lolo nos escurríamos a la tercera a jugar unos alegres y enchichados dominó en las, muchas veces, heladas noches invernales de la ciudad.
Allí, en esa vieja barra, oliendo ese olor a trago impregnado en los muros, en las mesas y las sillas sentía que podía satisfacer el viejo anhelo de sentir el olor a uva saliendo del cristalino vaso que, por quinientos pesos, la cantinera llenaba. Sí, en Las Camelias podía transitar desde el frío invierno a los parrones plenos de frutos jugosos que esperaban los tiempos para ser bebidos. No siempre los mismos.
Las buenas pilsener
La combinación perfecta para superar la caña era una Pilsen y unas empanadas en la Fuente de Soda de las hermanas Ascuí, la Pastelería “La Flor” emblemático recinto en el que solamente algunos privilegiados teníamos el honor de ser atendidos.
Era un clásico de los días sábados llegando el medio día, momento en el que se revivían las mejores imágenes de los partidos de dominó, de la chichita “brisqueada” o de esas pichangas o del queso escabechada que “Segundito” prodigaba cuando el vinito ya estaba generando esos efectos que dejan a uno entre el infierno y el paraíso.
Había que acomodarse, el espacio era pequeño y la demanda alta. Allí confluíamos muchos de los que nos habíamos encontrado en noches anteriores en diferentes lugares, algunos con lo que pensábamos muy diferente pero que, a la hora de la juerga universal, nos hacía conocernos y respetarnos.
No podía ser más de dos pilsener pues la tercera era orden para borrachera y uno no podía quemar más los papeles que cómo habían quedado por la salida de anoche. Las viejas no perdonan.