Crónica de la ciudad de Santiago

Santiago de Chile muestra, como otras ciudades latinoamericanas, una imagen resplandeciente. A menos de un dólar por día, legiones de obreros le lustran la máscara.

En los barrios altos, se vive como en Miami, se vive en Miami, se miamiza la vida, ropa de plástico, comida de plástico, gente de plástico, mientras los vídeos y las computadoras se convierten en las perfectas contraseñas de la felicidad.

Pero cada vez son menos estos chilenos, y cada vez son más los otros chilenos, los subchilenos: la economía los maldice, la policía los corre y la cultura los niega.

Unos cuantos se hacen mendigos. Burlando las prohibiciones, se las arreglan para asomar bajo el semáforo rojo o en cualquier portal. Hay mendigos de todos los tamaños y colores, enteros y mutilados, sinceros y simulados: algunos en la desesperación total, caminando a la orilla de la locura, y otros luciendo caras retorcidas y manos tembleques por obra de mucho ensayo, profesionales admirables, verdaderos artistas del buen pedir.

En plena dictadura militar, el mejor de los mendigos chilenos era uno que conmovía diciendo: —Soy civil.

Neruda /1

Estuve en la Isla Negra, en la casa que es, que fue, de Pablo Neruda.

Estaba prohibida la entrada. Una empalizada de madera rodeaba la casa. Allí la gente había grabado sus mensajes al poeta. No habían dejado ni un pedacito de madera sin cubrir. Todos le hablaban como si estuviera vivo. Con lápices o puntas de clavos, cada cual había encontrado su manera de decirle; gracias.

Yo también encontré, sin palabras, mi manera. Y entré sin entrar. Y en silencio estuvimos conversando vinos el poeta y yo, calladamente hablando de mares y amares y de alguna pócima infalible contra la calvicie.

Compartimos unos camarones al pil-pil y un prodigioso pastel de jaibas y otras maravillas de esas que alegran el alma y la barriga, que son como él sabe, dos nombres de la misma cosa.

Varias veces alzamos nuestros vasos de buen vino, y un viento salado nos golpeaba la cara, y todo fue una ceremonia de maldición de la dictadura, aquella lanza negra clavada en su costado, aquel dolor de la gran puta, y todo fue también una ceremonia de celebración de la vida, bella y efímera como los altares de flores y los amores de paso.

Neruda /2

Ocurrió en La Sebastiana, otra casa de Neruda, recostada en la montaña, sobre la bahía de Valparaíso. La casa estaba cerrada a cal y canto, con tranca y candado y bajo siete llaves, habitada por nadie, desde hacía mucho tiempo.

Ya los militares habían usurpado el poder, ya había corrido la sangre por las calles, ya Neruda había muerto de cáncer o de pena. Entonces unos ruidos raros, en el interior de la casa clausurada, llamaron la atención de los vecinos. Alguien se asomó por la ventana, y vio los ojos brillantes y las garras en ataque de un águila inexplicable. El águila no podía estar allí, no podía haber entrado, no tenía por donde, pero adentro estaba: y adentro daba violentos aletazos.

Fuente: Eduardo Galeano

   

Scroll al inicio