Durante los siglos XVIII y XIX, miles de niños huérfanos y empobrecidos fueron forzados a limpiar los estrechos conductos de humo de las ciudades europeas.

Aunque muchos tenemos en la retina al inolvidable y saltarín Dick Van Dyke cantando Chim Chim Cher-ee como atractivo deshollinador en la película inmortal Mary Poppins, la verdadera historia de los deshollinadores durante la Revolución Industrial no tiene nada de musical, ni de idílica y mucho menos de mágica. Fue, de hecho, uno de los episodios más oscuros, crueles y socialmente aceptados de explotación infantil en la historia moderna.

En la Inglaterra victoriana, así como en Francia, Italia o Estados Unidos, el auge del carbón como combustible transformó el paisaje de las ciudades que se llenaron de humo y de laberintos de chimeneas cada vez más estrechas para mejorar el tiro del aire. El problema es que alguien tenía que limpiar el pegajoso y altamente inflamable hollín (creosota) que se acumulaba en el interior de las chimeneas, y esa persona debía ser lo suficientemente pequeña para caber por túneles de apenas 23×23 centímetros.

Un trabajo para cuerpos diminutos

Así que a partir del siglo XVIII, los maestros deshollinadores comenzaron a “comprar” niños de orfanatos o de familias que se encontraban en la miseria más extrema para emplearlos como deshollinadores. Los pequeños, algunos de tan solo cuatro, cinco o seis años, se convertían en aprendices bajo un régimen de semi-esclavitud.

El trabajo era una auténtica tortura. Para poder deslizarse por los angostos conductos y no quedar atrapados, los niños a menudo tenían que trabajar desnudos. Utilizaban sus rodillas y codos para impulsarse hacia arriba, como si fueran orugas humanas, raspando su piel hasta dejarla en carne viva. Para “endurecerlos”, los maestros solían frotarles las heridas con salmuera frente a una fogata.

El peligro de muerte era constante. Muchos niños se quedaban atascados con las rodillas bloqueadas contra la barbilla. Si el pánico los hacía moverse en falso, provocaban avalanchas de hollín que los asfixiaban en cuestión de minutos. En los peores casos, la única forma de recuperar sus cuerpos sin vida era derribando los ladrillos de la pared.

“Encender un fuego”: el origen de una cruel expresión

El terror a entrar en esos oscuros y asfixiantes túneles paralizaba a muchos pequeños. Cuando un niño dudaba o se quedaba atascado por el miedo, los maestros deshollinadores recurrían a tácticas atroces. Una de las más comunes era encender un pequeño fuego de paja o azufre en la base de la chimenea para obligar al niño a trepar más rápido y escapar de las llamas y ‘desbloquear’ así la salida de la chimenea.

De esta barbarie histórica proviene la famosa expresión anglosajona “encender un fuego bajo alguien”, utilizada hoy de forma figurada para motivar a una persona a actuar con rapidez. Otros maestros, igual de despiadados, enviaban a un segundo niño con alfileres para pinchar las plantas de los pies o los glúteos del aprendiz atascado. Todo para terminar el trabajo.

A pesar de las denuncias de figuras literarias como el poeta William Blake o el propio escritor inglés Charles Dickens en Oliver Twist, la sociedad miraba hacia otro lado. No fue hasta 1875 cuando la tragedia colmó el vaso. George Brewster, un niño de 11 años, murió asfixiado tras ser obligado a limpiar las chimeneas del hospital de Fulbourn. Su maestro fue condenado por homicidio involuntario. Este trágico evento dio el impulso final al filántropo y político Lord Shaftesbury para lograr que el Parlamento británico aprobara la Chimney Sweepers Act de 1875, obligando a registrar a los deshollinadores y poniendo fin, de una vez por todas, al uso de niños en esta letal profesión.

Fuente: Historia NG

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