

Leo el discurso pronunciado por mi buen amigo, recientemente fallecido, Francisco Puy, – “Elogio de la sabiduría”- y quedo impactado por su calidad de contenido y forma. No puedo menos de darlo a conocer a mis queridos lectores de los lunes, aunque sería mejor recomendarles su lectura directa y no conformarse con un resumen que puede resultar demasiado esquemático. No obstante haré lo posible por reproducir su contenido esencial que considero un regalo intelectual y literario digno del doctorado honoris causa que una universidad brasileña le otorgó en esa ocasión.
Es la sabiduría un valor entre otros que los hombres de todos los tiempos han tenido como apreciables y dignos de ser alcanzados. Ciertamente que la sabiduría es algo más que la inteligencia, que el conocimiento, que la memoria o la acumulación de saberes. Puede aspirar a la sabiduría un hombre sin títulos ni pergaminos otorgados por universidad en centros de alto nivel académico. Un campesino sencillo puede alcanzar la sabiduría como también puede acercarse a ella una dueña de casa, un comerciante o un ciudadano común y corriente. La sabiduría no se compra ni se hereda, simplemente se adquiere con voluntad, criterio y perseverancia. En todo tiempo, nos advierte el profesor Puy, la sabiduría no es generalmente adquirida como tal sin esfuerzo, perseverancia y con una dosis importante de humildad y laboriosidad.
La sabiduría es sobre todo un modo eminente de manejar el saber, el querer y el gozar en un equilibrio constante que nos llevará a ser creíbles, amables y ejemplares dignos de ser seguidos por nuestra sencillez y buen criterio ante todo y ante todos.
No es más sabio el que más sabe, sino el que es capaz de saborear el saber, el sentir, el hacer y el discernir bien lo que es bueno o malo, lo que es verdadero o falso, lo que es bello o feo. La sabiduría convierte al hombre que la persigue en una verdadera, buena y bella persona.
Nos recuerda Puy que la sabiduría es etimológicamente “sapere” que significa gustar, paladear lo que al conocerse nos hace percibir con claridad la bondad, la belleza y la verdad en su grado máximo que no es otra cosa que el conocimiento y gozo de lo pequeño y de lo grande, objetivo final de lo que llamamos sabiduría. O sea, la sabiduría se identifica con Dios, de tal modo que no podría ser sabio quien no fuera capaz de reconocer que el final de la sabiduría es efectivamente el encuentro luminoso, sereno y gozoso de la creatura con el Creador, tanto en la tierra como en el cielo.
Nos recomienda el profesor Puy, como tarea esencial de nuestra vida, la búsqueda de la sabiduría, en la seguridad que si llegamos a alcanzarla, podemos garantizarnos una inteligencia serena, un gozo pacífico y por sobre todo un amor imperturbable, generoso y fructífero. La admiración y el asombro serán las dos herramientas mentales y afectivas que nos ayudarán a lograr tan gran objetivo. Invertir en conocimientos es bueno, conquistar la sabiduría es mucho mejor.