

Chuflay
Alguna vez mi papá conversaba con el Arturín (Arturo Largo) un maestro pintor de brocha gorda -de los mejores después del maestro Ramírez-uno de sus amigos de todos los tiempos, decía mi padre: -si hay un trago fresco y rico posible de ser tomado a toda hora es el Chuflay. componedor de caña como él solo, pero que te puede llevar de vuelta al infierno en un dos por tres.
Arturín hablaba con una tremenda convicción que me parecía creíble, en aquellos años el aguardiente era lo más económico para quitarle el dulzor a las bebidas de fantasía El trago de marras es un combinado de aguardiente con bebida Bilz. Es un derivado, cuentan algunos eruditos de esos de ahora que son difíciles de creer, que es un trago realizado en el campo, donde se le inyecta aguardiente a una sandía y el alcohol se consume la carne de la fruta, produciendo un trago muy dulce. La Bilz aporta el color y el dulzor.
La historia se hace creíble, y más creíble cuando se ha experimentado las dos formas de vivir esa exquisita manera de vencer la sed. Allí estaba, buscando construir la combinación perfecta cuando mi primo Giuseppe me dice, “déjate llevar por el instinto, no midas qué tantos cl, ml u onzas de cada componente, lo que la intuición te diga.” El Chuflay es una cuestión de encanto personal.
Centenaria mansión casa nuestra
Los recuerdos del viejo liceo tienden a nutrirse de nombre e imágenes que cada vez aparecen menos visibles, borrosas y casi inidentificables. Una manzana, esa conformada entre las calles Argomedo, Valdivia, Porque la Centenaria mansión del Estudio, pese a contenerse en toda Membrillar y Carampangue, a la hora de nuestros estudios eran lo que hoy es el viejo edificio liceano en ruinas, el Gimnasio y las duchas completaban esas instalaciones el comedor de los internos y un ala del edificio donde dormían los internos.
Había además un par de salas en la salida lateral poniente, en cuyo patio había unos naranjos y, más atrás un pabellón de madera con cuatro o cinco salas de clases y una pequeña oficina que era nombrada como inspectoría. Las salas contiguas al edificio tenían un color gris y sus pupitres de dos aposentadurías cada uno. Esos pupitres teníamos que rasparlos, lijarlos y pintarlos cada año, pero era una fiesta hacerlo y un gran aprendizaje efectivo de la asignatura de “Trabajos Manuales”. En tanto el pabellón de madera nuevo, pintado de azul contaba con pequeñas mesas individuales En la esquina vivía un auxiliar de servicio, el señor Luís Rojas, conocido como el Lucho Quilín, según cuenta la leyenda del barrio, así al menos le escuche a don “Arturín”, Arturo Largo, que Lucho Quilín era uno de los mejores cazadores de Rana en la Isla, al llegar al río Antivero, en esas aguadas que se formaban luego de pasar por la chacrita que mantenía don Pedro Toro, donde se sentía permanentemente el croar de las ranas.
Para el resto de los estudiantes era un auxiliar de servicio o el papá de Dagoberto Rojas que, con alguno de nosotros había sido compañero de curso, alguna vez. Don Luís, quien, con su escoba y traperos, nos mantenía limpias las salas de clases.