Cuando todo empezó a cambiar…

Cuentan que nevaba en Boston aquel 19 de abril, día de la maratón. El día de Kathy y Jock.

Tenía solo veinte años Kathy, es decir, Kathrine Switzer. También llevaba de nombre unos números: 261. Su dorsal, el que sale en las fotos, el que quedó grabado en la memoria. Aquello fue un suicidio: mujer, maratón, tantos kilómetros… «Morirá», afirmaban todos. O, peor aún, se quedará estéril.

El atletismo femenino entonces…, en fin, que no existía, o bien poco. Protejamos a estas pecadoras de sus propios deseos. Las chicas están bien haciendo cositas breves. No sé, un tres mil, por ejemplo. Y ya me parece excesivo. ¿Y si se nos cae una desfallecida allí, en medio del tartán? A ver cómo se lo explicamos luego al marido, o al padre. A la figura tutelar, vaya. Porque debe haber figura tutelar.

Así era el rollo en 1966, cuando Kathrine empezó a entrenar. Cuenta que trotaba a diario con Arnie Briggs, un tipo bajito y calvo que había terminado varias veces la maratón de Boston. De aquellas, esa prueba era considerada la más prestigiosa del mundo, solo apta para superhombres (con más acento en el «hombres» que en el «súper»), un infierno que reunía cada año a doscientos o trescientos tíos. Olviden sus maratones de hoy, olviden el agobio, los selfis, las lágrimas falsas al pisar meta porque tienes que hacer el paripé y justificar tantas horas hurtadas a la familia… Aquello era mucho más chiquituco. También tenía otra mística, claro.

Una que Briggs retomaba a cada ocasión, porque el deportista amateur hace cosas solo para contarlas más tarde. Así hasta que Kathrine dijo que, si tan importante era eso de Boston, fueran los dos, juntos. Carcajada. Pero ¿qué pretendes?, si ni siquiera puedes inscribirte. Contaban que Bobbi Gibb la había hecho el año anterior, pero sin dorsal, y a saber… Ojearon el reglamento y nada. Como nadie pensaba que una mujer pudiese querer ir a la maratón de Boston, nadie se había ocupado de prohibirlo. Así de fácil. Como en el Giro.

(Por si acaso, Kathrine se inscribió como K. V. Switzer. Esas iniciales podían referirse a cualquier cosa. Como Alfonsina y su «Alfonsín», sí.)

Los entrenamientos para el gran día fueron dramáticos, y con un punto naíf. Había frío, y nieve, carreras por el bosque, tragos directamente del arroyo. Incluso, según afirmó después Switzer, un día hicieron un simulacro. Cuarenta y dos kilómetros. Para comprobar que podían, que no era una locura. Ni siquiera sabían exactamente la distancia, porque estaban tomando referencias con el cuentakilómetros de un coche.

Y así llegamos hasta el día de la maratón. La maratón de Boston, nada menos. ¿Resumen? Bueno… todo lo que podía salir mal acabó saliendo mal, salvo lo realmente importante, que salió bien: Kathrine acabó la prueba. Magullada, con unos pies que eran llagas sangrantes, después de más de cuatro horas, muerta de frío, temiendo que se hubieran perdido (ella y sus acompañantes) justo en el último kilómetro…, pero acabó.

Aunque aquello fue lo menos representativo del día, porque la foto sucedió antes, mucho antes, casi al principio, como quien dice. Metáfora de un tiempo y un lugar; dos protagonistas: una, Kathrine Switzer; el otro se llamaba Jock Semple.

Jock era escocés, gritaba mucho, tenía una calva de esas a lo Julio César y gastaba un considerable mal genio. Un tipo, ¿cómo decirlo?, ligeramente chapado a la antigua, bastante chapado a la antigua, chapadísimo, ¿eh?, pero chapadísimo. La secuencia ocurrió delante de Harry Trask, fotógrafo del Boston Traveler. Clic, clic, clic. Tres imágenes, tres iconos. Jock Semple se coló entre los atletas, empujó a Kathrine, gritó muy fuerte, fuera de sí: «Sal de mi carrera, devuélveme el dorsal». Agresión con todas las de la ley, y Switzer lo sintió así: contaría más tarde que estaba totalmente cagada de miedo. Se trataba del pasado intentando atrapar el presente… y fracasando. Jock voló por los aires de un empujón. Fue cosa de Tom Miller, novio de Kathrine, que aprovechó para descargar algo de nervios.

¿Saben la paradoja? Que aquel incidente, aquella rabieta violenta de un señor rancio, dio aún más eco a la carrera de Switzer. Creó una imagen, un póster, un icono. A partir de entonces, cada vez que una mujer corriese la maratón (la propia Kathrine repetiría, bajando de tres horas) tendría aquello en mente. El atletismo de larga distancia femenino trataría de eso: de esquivar continuamente a quienes querían echarlas fuera de la carretera.

Fuente: Príncipes y esclavos.

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