

Un científico chileno que nos enseñó a mirar la vida, el conocimiento y las relaciones humanas desde otra perspectiva.
¿Alguna vez nos hemos detenido a pensar qué significa estar vivos? Respiramos, caminamos, sentimos hambre, aprendemos y nos relacionamos con otras personas. Parece sencillo, pero detrás de cada una de estas acciones existe una enorme complejidad que la ciencia intenta comprender.
Uno de los chilenos que dedicó su vida a investigar estas preguntas fue Humberto Maturana Romesín, biólogo que obtuvo el Premio Nacional de Ciencias Naturales en 1994 y cuyo trabajo alcanzó reconocimiento internacional.
De Chile a los grandes centros científicos
Maturana nació en Santiago el 14 de septiembre de 1928. Estudió Medicina en la Universidad de Chile y posteriormente continuó su formación científica en Inglaterra y Estados Unidos, donde obtuvo un doctorado en Biología en la Universidad de Harvard.
Regresó a Chile y desarrolló gran parte de su carrera académica en la Universidad de Chile. Sus investigaciones sobre el sistema nervioso y la percepción visual lo llevaron a formular preguntas que iban mucho más allá del funcionamiento de los ojos: ¿cómo conocemos el mundo?, ¿cómo distinguimos lo que vemos?, ¿qué papel desempeñamos nosotros en esa experiencia?
La vida se construye desde sí misma. Junto con el científico chileno Francisco Varela, Maturana desarrolló el concepto de autopoiesis, palabra que puede traducirse como «autoproducción».
¿De qué se trata?
Un ser vivo no es simplemente una máquina formada por piezas independientes. Sus componentes participan en una red de procesos que contribuye a producirlos y mantener la organización del propio organismo.
Pensemos en nuestro cuerpo. La piel se renueva, las células cumplen funciones diferentes y las heridas pueden cicatrizar. Mientras vivimos, nuestro organismo realiza continuamente procesos que permiten conservarse y adaptarse a las circunstancias.
La autopoiesis busca explicar precisamente esa organización característica de los seres vivos. No significa que un organismo pueda vivir sin alimento, agua o intercambio con el ambiente, sino que posee una organización propia que se mantiene mediante sus procesos internos.
Esta idea fue una contribución importante a la reflexión científica sobre la naturaleza de la vida.
¿Vemos todos el mismo mundo?
Otra de las grandes preguntas de Maturana se relaciona con el conocimiento.
Dos personas pueden observar una misma situación y comprenderla de maneras diferentes. Una conversación que alguien considera una broma puede resultar ofensiva para otra persona. Un profesor puede creer que explicó claramente una materia, mientras un estudiante siente que no logró comprenderla.
¿Significa esto que cada uno puede inventar cualquier realidad? No. Significa que nuestra percepción e interpretación están relacionadas con nuestra biología, nuestra historia y nuestras experiencias.
Comprenderlo puede ayudarnos a escuchar mejor, formular preguntas y reconocer que no siempre interpretamos los hechos de la misma manera.
Una lección para la educación y el deporte
Para quienes hemos trabajado en educación física, las preguntas de Maturana tienen especial interés.
Un niño no aprende solamente porque alguien le entrega instrucciones. Aprende también cuando juega, experimenta, se equivoca, observa a sus compañeros y descubre nuevas posibilidades de movimiento.
Un profesor puede enseñar una técnica deportiva, pero cada estudiante la incorpora desde sus propias experiencias, capacidades y emociones. Por eso, educar no consiste únicamente en transmitir información: también exige crear condiciones para que el otro pueda aprender.
En el deporte, como en la vida, convivir implica reconocer al compañero, respetar al adversario, aceptar las diferencias y aprender de los errores.
Maturana reflexionó ampliamente sobre la biología, el lenguaje, las emociones y la convivencia. Sus ideas educativas y sociales siguen siendo objeto de discusión; no todas sus propuestas deben confundirse con hechos científicos demostrados. Pero sus preguntas nos invitan a examinar cómo vivimos y cómo nos relacionamos.
La ciencia también comienza con una pregunta
Humberto Maturana falleció el 6 de mayo de 2021, a los 92 años. Su legado permanece en sus investigaciones, sus libros y las preguntas que dejó abiertas.
Quizás una de las mejores maneras de acercarnos a la ciencia sea precisamente esa: no dar todo por sabido, observar con atención y atrevernos a preguntar. Si cada persona aprende desde su propia historia, ¿qué podemos hacer nosotros para que los demás tengan mejores oportunidades de aprender?