

Un grito de amor desde el centro del mundo – Kyoichi Katayama
Aquella mañana me desperté llorando. Como siempre. Ni siquiera sabía si estaba triste. Junto con las lágrimas, mis emociones se habían ido deslizando hacia alguna parte. Absorto, permanecí un rato en el futón hasta que se acercó mi madre y me dijo: «Es hora de levantarse».
No nevaba, pero el camino estaba helado, blanco. La mitad de los coches circulaba con cadenas. En el asiento del copiloto, al lado de papá, que era quien conducía el automóvil, se sentó el padre de Aki. Su madre y yo ocupamos los asientos traseros. El coche arrancó. Delante, los dos hombres sólo hablaban de la nieve. Que si lograríamos, o no, llegar al aeropuerto para el embarque. Que si el avión saldría a la hora prevista. Detrás, nosotros apenas hablábamos. Distraído, miraba por la ventanilla el paisaje que dejábamos atrás. A ambos lados de la carretera se extendían, en todo lo que alcanzaba la vista, campos cubiertos de nieve. A lo lejos, la cresta de las montañas refulgía bañada por los rayos de un sol que brillaba a través de las nubes. La madre de Aki llevaba en el regazo una pequeña urna de cenizas.
Al aproximarnos al desfiladero, la capa de nieve se hizo más espesa. Mi padre y el padre de Aki bajaron del coche en el aparcamiento de un parador y empezaron a ajustar las cadenas a las ruedas. Mientras, decidí dar un paseo por los alrededores. Más allá del aparcamiento había un bosquecillo. Una capa de nieve impoluta cubría el sotobosque; la que se acumulaba en las copas de los árboles iba cayendo al suelo con un quejido seco. Al volverme, vi cómo al otro lado del guardarraíl se extendía un océano invernal. Sereno y tranquilo, un mar de un color azul brillante. Todo cuanto veía me llenaba de nostalgia. Cerré con firmeza la tapa de mi corazón y le di la espalda al mar.
La nieve del bosque se hizo más profunda. Las ramas quebradas y los duros tocones hacían que andar me resultara más difícil de lo que había supuesto. De repente, un pájaro levantó el vuelo de entre los árboles con un chillido agudo. Me detuve y agucé el oído. No oí nada más. Era como si no quedara nadie en este mundo. Al cerrar los ojos, percibí, como cascabeles, el sonido de las cadenas de los coches que circulaban por la carretera. Empecé a no saber dónde estaba, a no saber quién era yo. Entonces oí la voz de papá que me llamaba desde el aparcamiento.
Una vez cruzamos el desfiladero, todo marchó tal como estaba previsto. Llegamos al aeropuerto a la hora fijada y, tras facturar, nos dirigimos a la puerta de embarque.
—Se lo agradezco mucho —les dijo papá a los padres de Aki.
—No, al contrario —repuso el padre de Aki sonriendo—. Seguro que Aki se siente feliz de que Sakutarô nos acompañe.
Dirigí los ojos hacia la pequeña urna que la madre de Aki llevaba entre los brazos. Dentro de aquella urna envuelta en un precioso brocado, ¿estaba realmente Aki?
Fuente: Un grito de amor desde el centro del mundo – Kyoichi Katayama