El Winner

    Vivimos una época que profesa un culto exagerado al winner, concepto relevante de la cosmovisión estadounidense que conserva una impronta calvinista. Recordemos que, según el puritanismo de los padres peregrinos, el éxito profesional es la clave para desentrañar nuestra salvación o condena. En palabras de Lipovetsky y Serroy: «En el ring planetario, los winners dejan en la lona a los loosers». El deporte triunfa en una sociedad atomizada y ultra competitiva que valora por encima de todo el resultado cuantitativo. Según Russell: «El mal procede de la filosofía de la vida, generalmente aceptada, según la cual la vida es lucha, competencia, y solo se respeta al vencedor». La ética competitiva del capitalismo puede exigir de nosotros la subordinación a una profesión que ya no es vivida como un desarrollo de la virtud. La vida laboral es una vía de autopromoción en una carrera en la que otros también pugnan por sobresalir.

    Escribía Cappa que la ética capitalista solo respeta el éxito; el que gana siempre tiene razón. El ámbito del deporte también rinde pleitesía a los ganadores. Los que no obtuvieron la gloria están condenados a ser sepultados por el olvido. Precisamente porque existe esta compulsión por el éxito, lo buscamos sin importar quien caiga. Abundan quienes están obsesionados por un afán de ganar desorbitado; son los mismos que creen que su vida se ha malogrado porque no han sido los mejores. Incluso se habla de exitismo para referirse a la tiranía del éxito. Galeano consideraba que la obligación de ganar es una droga denominada exitoina. Los mismos que viven obsesionados por el reconocimiento ajeno y que no saben apreciar el valor de la autorrealización personal. Pero cometemos el error de valorar el éxito en términos materiales, de bienes, dinero o poder. Nos equivocamos buscando la felicidad fuera de nosotros.

    Egregios filósofos —entre ellos Epicuro— han advertido que tener éxito social no siempre implica ser feliz. José Antonio Marina se refiere al éxito como un espejismo social de la felicidad. Desde una perspectiva humanista, ser es más importante que tener. Victoria Camps afirma que una vida de éxito no siempre coincide con una vida plena. El éxito no es un valor en sí mismo sino el fruto de otros valores como la solidaridad, el amor, la humildad, el respeto al otro o la empatía. Todos ellos se articulan para que nuestras vidas personales, cívicas y laborales contribuyan a mejorar nuestra sociedad.

Fuente: Ética del Deporte – Guillem Turró

 

   

  

   

   

   

  

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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