El empeño por ser el primero se manifiesta en tantas formas como posibilidades ofrece la sociedad. Se porfía de tantas maneras como cosas hay por las que se pueda porfiar. Se deja la decisión a la suerte inconstante o a la fuerza y a la habilidad o a la lucha sangrienta. Se compite en valor o en resistencia, en habilidad artística o en conocimiento, en fanfarronería o en argucia. Hay que ofrecer una prueba de fuerza, realizar un trabajo de examen, elaborar una obra de arte; hay que labrar una espada o hay que encontrar rimas artísticas. Se hacen preguntas que hay que contestar. La competición puede adoptar la forma de una sentencia divina, de una apuesta, de un proceso judicial, de un voto o de un enigma. En todas estas formas conserva su naturaleza de juego y en esta cualidad lúdica reside el punto de apoyo para comprender su función cultural.

    Al comienzo de todas las competiciones se halla el juego, esto es, un convenio para, dentro de ciertos límites espaciales y temporales, realizar algo en determinada forma y bajo reglas determinadas, que da por resultado la resolución de una tensión y se desarrolla fuera del curso habitual de la vida. Lo que tenga que realizarse y lo que con ello se gana son cuestiones que sólo en segundo orden se plantean dentro del juego.

    Reina una extraordinaria uniformidad en todas las culturas por lo que respecta a los usos agonales y la significación que se les presta. Esta uniformidad casi completa demuestra, ya de por sí, cuán arraigada se halla la actitud agonal lúdica en lo más hondo del alma y de la convivencia humanas.

    Todavía con más claridad que en los dominios del derecho y de la guerra, tratados hasta ahora, se nos presenta esta uniformidad de la cultura arcaica en las porfías de saber y conocimientos. Para el hombre primitivo el poder y osar algo significa poderío, pero el saber algo significa poder mágico. En el fondo, para él cada conocimiento es un conocimiento sagrado, un saber misterioso y mágico. Porque cada conocimiento guarda, para él, una relación directa con el orden del mundo. Nada garantiza mejor el curso regular de las cosas, determinado por los dioses, y que el culto mantiene en marcha para proteger la vida y la salud de los hombres, es decir, el rtam, para designarlo con el viejo nombre hindú, que el saber que tiene el hombre de las cosas sagradas y de sus nombres secretos y del origen del mundo.

    Por eso, en las fiestas sagradas se porfía en esta clase de conocimientos, porque en la palabra pronunciada se hace vivo el efecto sobre el orden del mundo. Competiciones en conocimientos sagrados se hallan profundamente arraigadas en el culto y constituyen parte esencial de él.

Fuente: Homo ludens.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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