

Las vírgenes vestales, (del latín Vestales), eran las sacerdotisas de la diosa romana del hogar, Vesta, de la religión estatal de la antigua Roma. Dependiendo de la época, había entre cuatro y seis sacerdotisas. Eran el único clero (collegia) totalmente dedicado a una deidad romana, cosa que da fe de la gran reverencia que había hacia la diosa. Cuidaban del fuego sagrado en el santuario de Vesta en el foro romano y realizaban otros ritos asociados con la diosa, tales como custodiar los objetos sagrados en el santuario y el sagrario interno, preparar la comida ritual y oficiar los eventos públicos durante las vestalias anuales, los días de las fiestas de Vesta (del 7 al 15 de junio). También hacían los ritos para preparar las hierbas y especias usadas en los sacrificios y hacían el pan (pane) que se ofrendaba en días festivos tales como el 1 de marzo, que era el año nuevo romano.
El escritor romano Plutarco menciona que “hay quienes opinan que estas vestales no tenían otra función que la de preservar el fuego [sagrado]; pero otros entienden que custodiaban otros secretos divinos, ocultos a todos menos a ellas.” Sus obligaciones exigían que fuesen castas, y el clero masculino no podía participar en los ritos que tenían que ver con Vesta y las vestales. La Collegia de las Vestales, según escritores de la antigüedad como Livio, se creó durante el reinado del segundo (y posiblemente mítico) rey romano, Numa Pompilio y fue una parte importante de la vida romana hasta el 394, cuando el emperador cristiano Theodosio I anunció un decretó contra los ritos paganos, hizo que apagaran el fuego sagrado, y disolvió las vestales.
Las vírgenes eran elegidas entre los seis y los diez años por el sumo sacerdote y tenían que servir durante 30 años (permaneciendo vírgenes, claro está, durante todo este tiempo). Una vez pasados los treinta años de servicio tenían la libertad de casarse, pero muy pocas lo hacían porque se consideraba mala suerte, ya que, básicamente, habían sido las novias de Vesta durante la mayor parte de sus vidas y estaban consagradas a la diosa. Plutarco escribe:
Una vez habían terminado [su] servicio, era legal que se casaran y que abandonaran la orden para elegir la forma que vida que prefiriesen; pero, como se suele decir, pocas hacían uso de este permiso. Y con las que lo hacían se veía que no era un cambio feliz, sino que iba acompañado, incluso después, de arrepentimiento y melancolía. Así que la mayor parte, por miedos religiosos y escrúpulos, se abstenían, y continuaban, en la vejez y hasta la muerte, manteniendo una estricta vida soltera.
Fuente. J. Mark