El físico alemán Karl Schwarzschild (1873-1916) fue quien acuñó la expresión «<agujero negro» para el estadio final del desarrollo de una estrella. Las estrellas estallan, a consecuencia de la fuerza de gravedad, cuando ya se han extinguido en su interior los procesos de fusión nuclear. Se produce el llamado «colapso gravitacional». Estrellas con una masa mayor se contraen sobre sí mismas en un diámetro muy pequeño y alcanzan una densidad extremadamente elevada, formando así las «enanas blancas». Se trata de la creación de un nuevo continuo espacio-tiempo del que no puede fugarse ni luz ni materia. La gravitación dentro de un agujero negro es tan grande que deforma cualquier sistema de tiempo-espacio convirtiéndolo en una singularidad, es decir, se genera una forma de anillo en el espacio-tiempo, mientras que el agujero del centro permite el paso a otro lugar o a otro tiempo. Así surgen agujeros negros de estrellas con una masa elevada, partiendo como mínimo de cinco masas de Sol. Aparte de los agujeros negros estelares, se cree que pueden existir los «agujeros negros primigenios», cuyo origen se remonta a los primeros tiempos del universo; por ejemplo, los agujeros negros con varios millones de masa de Sol cuya ubicación se supone en el centro de las galaxias. Pero no se puede asegurar que existan. Una estrella explota, y el tiempo y el espacio adquieren en los agujeros negros nuevas dimensiones. El tiempo puede deformarse debido a la fuerza de gravedad y la velocidad. El matemático austriaco Kurt Gödel (1906-1978) estaba convencido de que se podrían excavar túneles en el tiempo, siempre y cuando se deformara con la fuerza suficiente. Hasta el descubrimiento de los agujeros negros, no se sabía cómo conseguirlo. Hoy en día parece que, al menos teóricamente, nos estemos acercando.

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